Columnismo

Políticos en el infierno

Mecanografías de Pepe María Aznar

18.07.2016 @emilioarnao 4 minutos

Pepe María Aznar es un paquidermo que bien pudiera salir en el cuadro de Tiziano “La Bacanal”, pues que mucho le gusta el vino incluso conduciendo. “¿Quién me va a decir a mí que no me beba dos copas de vino?”, asestó una vez en medio de las cámaras. Efectivamente, en efecto, de acuerdo, en rigor, a Aznarín le gusta el vino pararapapín y la bota empiná parapapapón y al que no le gusta el vino es un animal, etc…

Pepe María Aznar fue presidente de esta nación a la que tengo la costumbre, no sé si vuestras mercedes se han dado cuenta, de llamar Celtiberia, pues andamos en esta protomodernidad como en el origen de esta tierra de conejos que los musulmanes dieron a definir como Hixpalis. Aznarín tuvo la suerte de echar los dados sobre la mesa y que le saliera un póquer de ases, pues que estábamos en el mejor momento de nuestra democracia, solventada por un economicismo traído por el alcohólico de Rodrigo Rato, quien ahora, después de visto lo visto, se ha convertido en budista.

Aznarín no es budista, que es mejor jugador de golf y bigote a lo Groucho Marx, pues yo creo que Pepe María se pinta el bigote para, después de las conferencias norteamericanas –por las cuales le pagan millonadas de maravedíes-, se lo desmaquilla a la vez que hace gimnasia para luego lucir cuerpo en verano en las playas de Castellón.

Aznarín es un ególatra, como todo político que toca cúpula y bóveda y columnatas de esta inmensa catedral que es la gobernabilidad, que se unta de rayos infrarrojos para darle a su rostro una morenez propia de un gitano de Son Banya. Aznarín es un maljode del Partido Popular, dado que siempre está, como Esperancita Aguirre, dando lecciones de cómo se deben hacer las cosas para que Celtiberia funcione como un reloj suizo. Pero poca gente sabe que Pepe María es tan presunto corrupto como todos gerifaltes de antaño del Partido Popular. Por lo menos eso es lo que ha salido publicado en los medios y a ello me remito. Algún día saldrán en los papeles o en la digitalización esta presunta corrupción de un Aznarín que puso a su mujer a gobernar Madrid sin tener la más puta idea de lo que era una alcaldía. Ambos dos tuvieron por costumbre irse a un spa cuando en Madrid acudía la tragedia del Madrid Arena. Ana Botella y Pepe María casaron a su hija con el dinero de la Gürtel y allí se benefició de toda aquella romería hasta el último camarero que servía los canapés.

Aznarín ya sólo es un bigote o no, según vaya la conferencia de las Faes, a la vez que tiene la costumbre Pepe de tocarse la melena cuando acaba hablando negativamente de la España de Rajoy. Aznarín es un traidor que se ha vendido al diablo y ejerce de Mefistófeles siempre que hay algo que eternizar, incluso su propia juventud. Habla con la voz sin que se le entienda, como le pasaba a su padre político Fraga, sí, aquel de los bañadores artísticos de aquel río donde los americanos desbordaron radioactividad. Aznarín es una radioactividad en sí mismo y le salen pelillos por la nariz que Ana Botella le amputa con unas tenazas.

Pepe María Aznarín creó el boom inmobiliario, proseguido por el zapaterismo, a sabiendas de que aquella burbuja algún día tendría que explotar como explotaban los globos de Ana Mato en las fiestas de cumpleaños de sus hijos. Aznarín, como digo, ya sólo es un bigote o no y su entrada en el alcoholismo –a lo Rodrigo Rato- no puede tardar mucho, puesto que el que es expulsado de una democracia parlamentaria sólo tiene dos posibilidades: el alcohol o leerse cada noche “Blancanieves y los siete enanitos”.

Pepe María es un sietemesino que debe desaparecer ya para siempre del bollo del cogollo del meollo de la cotorra, pues que nada pinta en las televisiones y además es millonario como aquel califa que construyó la Alhambra de Granada.

Pepe es un hebrón que abre la butrona para mercar con un idioma castellano que él convierte en una mierda pinchada en las barbas de Mariano Rajoy Brey. Yo lo veo de párroco en La Almudena de Madrid. Que empiece por el seminario y que acabe en la pederastia.

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