Columnismo

Políticos en el infierno

Navidades con Alfonso Dastis

26.12.2016 @emilioarnao 3 minutos

Don Alfonso María Dastis Quecedo, nacido en Jerez de la Frontera, que es donde nacen los piratas que van todavía en busca de oro y plata a las Indias, ahora va, coge, inventa, subraya, adorna, como si fuera los Doce Pares de Francia, enfermo de peste negra medieval y como si el turco se quedara pelando las barbas, que nuestros jóvenes arquitectos, ingenieros, médicos, jefes de los batanes, adolescentes de carrera, cazadores de promesas, se van a las extranjerías no por necesidad sino por conocer otras tierras, otras razas y razones, otras culturas, otros idiomas en ese viaje como expedicionario de una juventud abocada a la aventura de pláticas y terceras. ¡Válgame Dios!, qué impertinencia, que falta de inteligencia, que porro nos ha salido nuestro ministro de Exteriores, diplomático de los Países Bajos y herida supurosa en aquella Flandes española que nuestro rey Felipe II adoraba como la mantequilla o las azucenas. Dastis, el del pelo encenizado, encabronado en su jaula, vicioso de lenguaje, místico de los penes flácidos, no puede ir por ahí, ante cámaras y lentes, diciendo semejantes barbaridades.

Que nuestra juventud emigrante se va de Celtiberia porque aquí no hay currele ni ínsulas que gobernar, porque, como decía Cervantes: “y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea”. Que nuestros jóvenes, que bailan como urogallos antes del apareamiento, salen por la frontera por tomar asiento en la inmortalidad de otros países, de otras chavelas, de otro geografismo urbano. Que España no les da el pan y la escudería, que no hay doscientos ducados por ganar en las industrias, en los laboratorios, en las escuelas, en las puertas de los castillos españoles. Se van porque no les queda más remedio, porque están hartos de esta ausencia de empleamiento en una España que nos retrotae a una decadencia de siglos, donde el tiempo murmura cual limosna.

Y va Dastis, que apellida como un dibujo animado, y suelta tal prenda, como si siguiera siendo consejero en la Representación Permanente de España ante la Organización de Naciones Unidas. Que Dastis estudió en San Pablo, CEU de Madrid, Derecho y a la derecha. ¡Allá darás, rayo¡ ¡Vive Dios que si huele¡ ¡Oxte, puto¡, que mal ministro ha venido a la cancillería por tener cosquillas de mentecato. Este Dastis Quecedo, yugo de la honra, de mal latín continuado, pies deformes y tobosescas tinajas, pedo que sale como arcabuzazo, no se está enterando que la emigración de nuestros profesionales es huida de una guerra económica, de un éxodo entre judío y berberisco, de un viaje más allá de los dijes y bríos. Que nuestros jóvenes se van a puerto con la copla entre los labios: “Ven, muerte, tan escondida, / que no te sienta venir, / porque el placer del morir / no me torne a dar la vida”, según Juan Escrivá.

Este Dastis, que es un estrambote y una hipérbole follandera, es un desuellacaras, un hereje de las Españas, un monstruo de la naturaleza, un Avellaneda mal quijotado. Que se coma el turrón en estas felices fiestas y que se bata a duelo a florete con sus mismas palabras, porque de mala honra es perecer en el agravio y en los calzoncillos cagados como la región de los diablos.

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