Columnismo

Políticos en el infierno

¡Sigo aborreciendo a los hombres!

04.02.2017 @emilioarnao 3 minutos

¡Sigo aborreciendo a los hombres¡ Si en la primera parte de estas reflexiones me ocupé de lo que la humanidad representa para mí, como efecto duodécimo de una dualidad que se injerta en el más minusválido pensar de aquellos que creen que la vida sólo es una fuerza y no una liberación del espíritu, en esta segunda parte me ocuparé prácticamente de lo mismo, es decir, de esta inmundicia que se enclava en un tiempo que realmente no corresponde a nadie más que a mí. Yo soy el Dios de mí mismo. De eso no tengo ni la menor duda. Sólo creo en mí. ¿Por qué? Sencillamente, porque todo lo que me rodea, a todo lo que he asistado, todo lo que poderosamente se vierte contra mí solicita mi más profunda repulsa y un dasein en donde yo me convierto como único ser. Mi ser se abalanza contra todos los demás. ¡Mi alma está harta de tanta hipocresía y de tanto egoísmo, los cuales sufragan en mí una alteración que me dispara hacia el caos!

Soy un hombre valiente, pues todo lo que me va ocurriendo en esta vida lo solvento con prosperidad y con éxito. ¡Allá se precipiten por lo acantilados todos aquellos que me han silueteado un dolor sin principio ni fin, pues todo es totalidad¡ Veo este mundo como una eidética de la cual no sale nada claro, sino únicamente falsos discursos y una propensión al mal. ¡El mundo mide todo mal¡ ¿Por qué he de yo sentirme presionado por este daimon que procura que yo forme parte de toda esa agonía y de toda esa inmundicia en donde los hombres fabrican su más congénita podredumbre? No entiendo nada de lo que está pasando a mi alrededor. Sólo sé que recibo la fatalidad como un hecho consumado. Pero yo continúo con mi existencia aquí, en esta cabaña en donde me alojo, tan próxima a los animales y a la bonhomía de la naturaleza. Otra cosa no seré, pero sí sabio ante todas las familias que eligen el sufrimiento como herramienta para la supervivencia que yo soy. Eligo mis principios sin que nadie me tenga que decir qué cultura necesito para sentirme erradicado ante la multitud. Soy un hombre con esperanzas. De eso no hay nada que discutir. Estoy salvado.

Quiero ser un hombre optimista. A veces me miro ante el espejo y no me veo deforme, sino altivo y congratulado. Hace tanto tiempo que aspiro a la pureza que tendrían que venir las serpientes y los pájaros para enredarse en mi cuello hasta ahogarme. Mi belleza es bárbara, tanto como la salida del sol. Sólo espero seguir educándome en la ley que yo mismo he escrito para mí. ¿Cuál es esa ley? Lo diré con palabras de origen: todo lo concerniente a una eticidad que está incorporada a mi cuerpo, a mi alma, al tiempo en que vivo y que nadie puede ser capaz de arrebatarme. Vivo solo como los bosques; sin embargo, mi felicidad arriba hasta los mares que veo allá a lo lejos, donde los hombres se destrozan por una mera cuestión de parentesco. No deseo que la tristeza acampe en mi ser, pues ser soy y no no-ser. ¿Acaso vendrá el filósofo a reiterarme este axioma o a deletreármelo con furia y con violencia?

Hace tiempo que aprendí que amarse es la única manera de continuar afirmando que la vida verdaderamente vale la pena. Estoy harto de tanta vanidad, de tanto escepticismo, de tanta gnosis. Yo soy el hombre que salvará a este mundo de todas las guerras, de todos los misterios, de todas las heteronomías. Lejos permanecen las patrias a las que no obedezco. Supongo que debería integrarme en la sociedad, pero es tanta la podredumbre que surte de ella. Aquí estoy bien, junto a mis animales, solo como las montañas, elástico como mi ánimo, concreto como la espuma de los ríos. Soy el dueño del Universo. Nadie taponará tanta perfección.

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