Columnismo

Políticos en el infierno

Xilografía de Ana Pastor

01.08.2016 @emilioarnao 4 minutos

Ana María Pastor Julián, gentildona de Cubillos, es cirujana de cuerpos ateos pero católicos, médica en una medicina política que le condujo hasta Pontevedra en diferentes legislaturas mediante su usualidad del Partido Popular. Ana Pastor, que tiene nombre de periodista de la Sexta, es nariz egipcia como de Nefertiti, además de fea de obligación, por algo nació en Cubillos, donde todos los peatones son feos o ministros. AP, ministra de las cosas, Sanidad, Fomento, semeja una vieja envuelta en una mantilla preparada para ver el Corpus Cristi, que ya es el almacén en donde se han santiguado todos los neocapitalistas de la derechona española. Ana Pastor ahora ha sido nombrada como presidenta del Congreso de los Diputados, con lo cual su casa está en los Jerónimos, que es adonde destierran a los que sólo sirven para moderar, decir refranes, “manda cojones” y otras jergas de esta Celtiberia sin gobierno y sin un perro cojo.

Ana María Pastor Julián nació un noviembre, que es cuando nacen todos los médicos y todos los gatos peludos y doctores de la Iglesia, por eso a su edad no es su juventud lo que evita que se ponga leopardos –moda de los 70 para evitar las bragas-, sino su preancianidad de provincianismo a la que le hace falta una operación de cirugía estética para estar más bella en la mesa del Congreso, que con esa cara no se puede presidir nada, ni tan siquiera una asamblea de vecinos. Pero Celtiberia toda es vecindad y esta señora sanitaria, fomentadora y médica ahora es presi de esa jaula con leones y príncipes destronados que es la Cámara Baja.

Seguramente Ana hablará en voz bajita, pues no tiene garganta para calmar a las fieras que le esperan sentadas en sus escaños a punto de nuevo del guerracivilismo y de la entropía. Ana no es tan bella como la otra Ana, la de la tele, por eso mismo insisto en el retoque de la nariz y en una peluquería que tinte sus cabellos de verde con gaviota incluida. Que ya Baudelaire se tintó de verde, aunque la pastora nunca ha leído “Las flores del mal” ni supongo que tampoco sabe quién fue el Conde de Lautreámont, pues su agrafismo se le nota en el mirar, así como estrábico y miope o embarazado de ojos gerontológicos. Que Ana es presidenta porque no había otra mujer de Cubillos que pudiera organizar la dialéctica y la erótica de una política fauna y flora de una España terribilizada y tronante. Ana es gótica de cara.

Ana Pastor, que no dirige “El Objetivo”, tiene como objetivo hacer de sanitaria ante una turbamulta de gerifaltes de antaño, más esa juvenalia que nos viene desde la izquierda quincemayista. Lo único que le pido a Ana es que no juegue al Pokemon como más o menos hacía Celia Villalobos, una tunanta andaluza que sólo sabe que gritar: “Manolo, Manolo, quieres darte prisa”. Pastor pastorea la vida política española con herramientas quirúrgicas para sajar las entrañas de todos nuestros diputados, a los cuales les tocará las más veces los cojones con su voz de perdiz o de egipcia enterrada en esa pirámide que es el edificio de la Carrera de San Jerónimo.

Le queda mucha tralla a Pastor, mucho susto y mucho “cállense vuestras señorías”. Veremos hasta qué punto arriba su dolmen de educación o su cultura para tratar a esos enfants terribles que son los alguaciles congresistas descongregados. Pero prefiero a la doctora antes que al rudo Federico Trillo, quien hizo del Congreso una cosa tosca y con muchos se sienten coño, a lo Tejero. Trillo fue la brutalidad congresual. Esperemos que Ana Pastor, directora, cuando aún no era fea, general de la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado, sepa gobernar ese mazacote de espíritus malignos que se arrean los gintónics en el bar del Congreso como quien chupara un chupachups.

Carpe Diem para Ana, y que los maoístas no le monten una historia reciente de España en donde Madrid sigue persistiendo en la necesidad de que Rajoy no sea presidente de un Gobierno que es zazo, malazo y petrografía.

Ana Pastor tiene el culo ya sentado en el wáter del Congreso para impartir sesiones de medicina o una cultura chica que femenice al hombre macho español que es la derechona de los ultrabarrios españoles.

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