Columnismo

Que no se diga

Amaia de las Españas... al menos de una

15.12.2017 @jorgefrances 3 minutos

Dulce hasta amargar, aparentemente frágil e inocentemente bella. Amaia Romero, la de Operación Triunfo, es la reencarnación de Rosa López igual que Operación Triunfo 2017 es la reencarnación de aquel OT de 2001. Hay formatos moribundos que quizá lo que necesitaban es una nueva generación que los sostuviese. Esta Operación Triunfo es muchas cosas pero desde luego que no es un programa inocente. Se ha convertido en un caballo de Troya que Televisión Española consiente por el tirón de las audiencias. Un experimento sociológico (mucho más que la casa de Gran Hermano que nos vendió aquella vez Mercedes Milá) que retrata a una nueva generación de españoles, a los que hasta ahora solo conocíamos por las redes sociales.

La OT de hace dieciséis años, antes incluso del invierno de la crisis económica, buscaba el éxito sin paliativos. Bajar del andamio a Bustamante, quitarle los complejos a Rosa y conseguir que Bisbal llenara estadios en vez de plazas de pueblo en fiestas patronales. Quizá porque aquella generación, que es mi generación, siempre creímos que llegaría la oportunidad para triunfar, aunque debía pillarnos trabajando... como la inspiración que decía Picasso. Aquella sociedad pre-crisis nos había prometido la gloria, pero había que tener paciencia. Y los lanzamos al cielo viéndonos volar a nosotros mismos. Luego dejamos caer a muchos, a la vez que nos revolcaba la realidad, que despertamos del sueño. Algunos descubrimos que nadie nos debía nada, ni siquiera España, y que no existían los trampolines comunitarios si no la constancia del esfuerzo personal aderezado con algunas gotas de fortuna. Las escaleras no siempre te llevan a las estrellas y también hay lugares bien cómodos donde no sentir vértigo.

Esta nueva Operación Triunfo que ha logrado conectar con otra generación de españoles no busca ese triunfo de entonces. Tenía en mente otros trofeos. La primera victoria fue el hecho de volver, de regresar de verdad al Olimpo de las audiencias y de las escoltas para concursantes aturdidos en firmas de discos. El segundo reto, más que sus triunfitos graben y vendan entradas de conciertos, era convertirse en un espejo que refleje a los nuevos adolescentes. Así, este OT está siendo el de la diversidad sexual en la cadena pública acusada de haberse acomodado en una etapa conservadora. La legión de seguidores del reality alaba ahora a golpe de hashtag los besos homosexuales en prime time y las confesiones sobre transexualidad entre clase y clase de la academia. Ese es el cordón umbilical de su éxito, la visibilidad de lo que no se habla, de lo que se esquiva incluso en muchas de las casas que hoy vuelven a forrar carpetas con los que hasta hace mes y medio eran unos completos desconocidos.

Esa España invisible, que en ningún caso son todas las Españas, abraza su ventana cada lunes en el mejor momento posible, la era de la hipersensibildad de las minorías que ejercen tanta presión como si fueran mayoría. Es una generación diversa que quiere verse, sobre todo verse, y lo de menos es dónde llegar. Pero no, no son todas las Españas y ahí entra Amaia y su tierno romance con Alfred. Clásico, pudoroso y contenido (al menos ante las cámaras). Es la pareja tradicional que materializa el objetivo que ansían los nuevos partidos políticos: la transversalidad. Por casualidad o por acierto han conseguido el casting perfecto, han logrado otra vez “parecerse a España”. O al menos a la España de instituto que será la España real más pronto que tarde. Puede que el triunfo sea una operación que solo puede hacerse cada tres lustros, porque como decía Bernard Shaw: “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”.

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