Columnismo

Que no se diga

Aquellos nichos vacíos

26.01.2018 @jorgefrances 2 minutos

Ella solo quiere que la entierren después de haber enterrado a su padre que murió en el 36. Incluso puede que desee descansar junto a él, en el panteón familiar que siempre tuvo un nicho vacío, el hueco para devolver la dignidad perdida a una víctima más de aquella Guerra Civil, y no importa cual fuera el bando. Ella que lleva décadas dejando flores en las cunetas. En varias, porque las investigaciones han ido señalando los lugares donde se cree que amontonaron los cuerpos de aquellos que cayeron desplomados de madrugada, abatidos por ráfagas de plomo hermano pero enemigo. A la salida del pueblo. Ella que nunca sabe si llora donde tiene que llorar, si deja marchitar las flores donde quiere que marchiten.

Ella siempre dice “se me acaba el tiempo” porque tiene 93 años y cuarenta de democracia no han bastado para encontrarle. Durante muchos de esos años solo ella quiso buscarle. Ya solo recuerda su rostro en viejas fotografías amarillentas, con bocados en las esquinas y un puñado de grietas. Una le atraviesa el pecho, que ironía. Ella y tantas, ella y tantos que aún esperan un cementerio. La Junta de Castilla y León ha aprobado un decreto de la Memoria Histórica y Democrática. Junto a las asociaciones van a elaborar el definitivo mapa del horror, el Ministerio de Justicia cifra en 219 las fosas comunes que salpican de crueldad esta comunidad autónoma. Diez años después de la Ley para la Memoria Histórica del gobierno de Zapatero. Diez años de continúas peleas por cómo nombrar las calles y por quiénes merecen estatuas en las plazas. Cambiando apellidos a los municipios. Cuánto hubieran agradecido primero poner nombre a las lápidas y luego ocuparse del callejero. 

Pero la vergüenza sigue bajo tierra, bajo cualquier montón de tierra enraizado de malas hierbas. En esqueletos confundidos y huérfanos de familia.  Tan desamparados como ella.

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