Columnismo

Que no se diga

Campanas que repican a muerto

09.11.2018 @jorgefrances 2 minutos

Un último artículo. No hay nada más excitante para un aprendiz de columnista. El escritor de periódicos siempre anda buscando el obituario, tiene una inevitable querencia a la melancolía, a la morriña, a la saudade. Con las palabras también es más sencillo conmocionar que provocar carcajadas, que la emoción brota ligera cuando estrujas las entrañas. La belleza es más fácil de encontrar entre los paños de la tristeza, hace falta menos gubia para tallar las lágrimas. Por eso el columnista es habitual de entierros, de efemérides y de nostalgias donde rebuscar en los recuerdos.

Hoy doblan las campanas por El Reverso y para los locos columnistas que hemos pasado (o quizá nos hemos posado) por sus páginas digitales repican, voltean orgullosas a velocidad de vértigo haciendo sufrir las espadañas. Es un responso con algarabía, un funeral hindú con lluvia de colores para celebrar el paso a una nueva vida. Repican a muerto por la oportunidad de hacer nuestro propio obituario, y quien sabe si alguno será de esos que se consagren con premio. Matarse a sí mismo es un privilegio, no hay nadie que conozca mejor al muerto. Que pueda escoger con maestría las anécdotas que esbozan sonrisas en el velatorio, que incluso cuente algún secreto escondido y remarque con ímpetu lo buena persona que fuimos. Lo injusto que va a ser perdernos.

No va a ser injusto perder El Reverso, si no que es justo la evolución deseable de cada primer proyecto. Aquí nos juntamos una pandilla variopinta empeñada en aprender a amontonar palabras. Y aprendimos a leernos. Se cierra la primera ventana del primer pisito de soltero que podíamos permitirnos, estamos de mudanza, es solo eso.  Toda vida profesional consiste en resucitar varias veces. Pero mientras pasan los tres días de rigor cristiano, mientras nos caen las paladas de tierra sobre la madera... disfrutemos como un buen columnista. Disfrutemos.

Azucemos a las plañideras para que se suenen con fuerza los recuerdos y hagan estruendo con el pañuelo. Engolemos las sílabas. Disfracemos el momento con el traje y la corbata negra, con el gesto duro de la procesión que va por dentro. Hay que contar que nos morimos, hay que decir que ya nos hemos muerto. Y que sea la página más leída, esa que recomienden los amigos por ser un homenaje tan certero y tan funesto que con una contención desmesurada haga desbordar todas las lágrimas que no tenemos. Hay que dejar escrito el epitafio ingenioso, hecho el encargo de tallarlo en el mármol y pregonarlo a los cuatro vientos: “Y así pasamos al reverso”. ¡Qué pérdida tan grande! Repiquen las campanas, que se nos ha muerto El Reverso.  No somos nadie, amigos, no somos nadie. Solo lo que seremos.

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