Columnismo

Que no se diga

Cartas de una desconocida

01.12.2016 @jorgefrances 3 minutos

“¿A dónde irán los besos que no damos?” Cantaba Víctor Manuel. Yo me pregunto dónde van las cartas que no escribimos. Ese caudal íntimo de sentimientos, deseos y reflexiones que nunca supieron de la tinta. Con las caricias y los arañazos que produce leer la caligrafía manuscrita en la distancia. Pero ya nadie las escribe. Estamos perdiendo memoria, los trozos de presente embalsamados que son las cartas, con su papel amarillento y su olor a cerrado. No dejaremos esa herencia de realidad a través de la que intentar comprendernos cuando no estemos.

Hay cartas que nos recuerdan incluso lo que olvidamos. Esta mañana ordenando unas cajas en casa encontré un taco de correspondencia atado con un cordel negro. Una veintena de sobres manuscritos, ordenados por fechas y bien guardados.  El remite era el mismo en todos, un nombre de mujer que no me decía nada. Con la curiosidad de Zweig en “Carta de una desconocida” abrí una al azar, impaciente, con las manos temblorosas.  La leí, luego otra y así acabé con todas en apenas una hora dejando la cama nevada de sobres y folios desdoblados escritos con letra redonda y cuidada a bolígrafo azul.

Busco a la chica de las cartas. No sé quién es, ni cómo cruzó por mi vida. No recuerdo haberla conocido, ni sabría describir su rostro. No suena ninguna voz cuando leo sus párrafos de preocupaciones adolescentes. Supongo que sonríe bastante, por el tono desenfadado y bromista de sus mensajes. La imagino dulce y delicada, entiendo que me llegó a querer. No recuerdo nada. Sé que yo también la escribía, porque me pregunta por mi  recién estrenada vida universitaria de entonces, porque dice responder a mis preocupaciones. Me aconseja a lo Paulo Coelho. A lo mejor tiene el pelo moreno y largo y se entretiene jugando con sus tirabuzones. La última llegó hace 16 años. Cuenta que acababa de echarse novio y que aún así no había problema en seguirnos escribiendo... pero no hay más cartas. He rebuscado y no hay más. Quizá nunca contesté tras aquella noticia o respondí rompiendo el idilio epistolar. Puede que fuera ella quien decidiera que ya no tenía sentido y al cerrar el último sobre sellara una etapa en su vida.

Solo sé su nombre, su nombre en el remite y su firma emborronada. Hablaba de amor cuando aún no sabíamos lo que significaba, hablaba del futuro como si fuera nuestro. No supe escuchar o me cayó tan dentro que la perdí. ¿Cómo puede ser tan frágil la memoria? ¿Por qué se borran los recuerdos? ¿Quién eres? El pasado es una mañana de niebla en Valladolid.

Hoy derramé una lágrima de 16 años, añeja y nostálgica. Ya nadie me envía cartas. “Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue tuya aunque tu nunca lo supiste”, decía la desconocida de Zweig. Si estás ahí, escríbeme.

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