Columnismo

Que no se diga

Confesiones descreídas

19.05.2017 @jorgefrances 3 minutos

El desaliento no entiende de horarios. El desamparo suele atacar de noche, habita los arbustos de las medianas de las autovías, el final de los pasillos y las calles vacías de la vuelta a casa. El joven párroco de Tábara,  un pueblo de Zamora, lo ha comprendido muy bien.  Habrá sentido ese pinchazo de angustia más de una madrugada y por eso ha decidido instaurar la primera iglesia de guardia de la provincia. No cierra de noche, que el alma también pueda acogerse a sagrado sin mirar el reloj.

Como agnóstico confeso me siento marginado. En la era de los agravios uno debe de buscar el suyo cada mañana, es tan indispensable como el zumo de naranja.  Mi alma descreída también necesita consuelo y no  hay confesionarios laicos que no sean divanes.  Así que decidí mi religión y me convertí a la fe de la belleza, esa “otra forma de verdad” como escribió Alejandro Casona . Las artes ahora son mis evangelios y en mi santoral hay maestros del pincel, de la gubia o de la pluma. He comenzado a visitar asiduamente los museos, las parroquias de mi nuevo credo. Elegí mi obra favorita de cada uno de ellos y empecé a frecuentarla para que su mensaje se filtrase bien por mis venas. Lloré en “El entierro del Conde Ordaz” de El Greco en Toledo, me perdí en los horizontes difusos de Anselm Kiefer en el Guggenheim de Bilbao, entendí la sabiduría en “El cielo de Salamanca“ de las Escuelas Menores, enloquecí en la cordura de Dalí en Cadaqués y naufragué en el dolor de los ojos del Señor Atado a la Columna de Gregorio Fernández en la Iglesia de la Vera Cruz (hay tantas iglesias que son museos).

Además descubrí que no era el único. Que mi nueva religión ya existía aún sin nombre, como las cosas realmente importantes. Conocí la historia de una mujer que sentía como inevitable postrarse ante el “Guernica” de Picasso al menos una hora cada vez que recalaba en Madrid, porque ya decía Thomas Mann que “la belleza, como el dolor, hace sufrir”.  Hay un hombre que visita semanalmente El  Prado para mirarle a los ojos al Velázquez de Las Meninas y descubrirse los demonios en “El Jardín de las Delicias” de El Bosco. Una joven casi resulta engullida por las olas en pleno invierno en su paseo diario al “Peine del viento” de Chillida. El diálogo es eterno a través de las obras. La trascendencia es la memoria.

Este fin de semana, la Noche de los Museos completa mi desagravio. Al menos una luna al año yo también tengo mi templo de guardia. En Valladolid, decidiré si confesarme con Berruguete, Juan de Juni o Gregorio Fernández. Si rezar a Cervantes, rogar a Zorrilla o encomendarme a los cuatro Goyas del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana.

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