Día Internacional del Flamenco

Déjame que baile cuando vengan los gitanos

17.03.2017 @jorgefrances 2 minutos

Silencio. El rasgar de los botines en la tarima. La silueta trabajada de elegancia . Un arpegio acariciado y se arranca el estruendo mágico de tempos perfectos. Los pies amontonando semifusas y sudando sentimientos. La belleza de la violencia sobre las tablas. Ese percutir constante y agresivo, cadencia antigua de pura raza de quien se contiene y se enfurece, quien se templa y se brava.

La furia domada en los botines y desbordada en la mirada. Las manos en tensión, los músculos se marcan. Los claveles, que florecen en el pelo, se suicidan en el suelo abatidos por el “quejío” que pregona el incendio de las tablas. Es un instante y a la vez la vida entera. Como canta Andrés Suárez, “la vi bailar flamenco y me cambió la vida” porque toda una existencia cabe en un tango y en una seguidilla. Golpea el alma y se me agarra el zapateado a las raíces gitanas que no tengo.

El III Festival Flamenco de Valladolid hizo Giralda la torre de la Catedral inacabada. Inundó de azahar el páramo, le sacó los colores a la sobriedad castellana. El flamenco se hizo Lorca pidiendo “Déjame que baile/ cuando vengan los gitanos”. Una noche para taconear el cielo fabricando estrellas bajo un foco de luna que le puso faralaes al firmamento. Y el flamenco es Camarón, y todas las guitarras lloran a Paco de Lucía y “el Güito” invita a un sorbo de voz gastada, como en los “tablaos” de Cádiz bien entrada la madrugada. Ese “Güito” con el ceño fruncido por la edad y porque “a mi nadie me pone un micrófono en el zapato”. El flamenco se baila como se ha bailado siempre, es un duelo que solo tiene sentido a oído descubierto.

El ritmo se hace mantra ancestral, es una catarsis, un trance que acompaña los latidos con las palmas. Vuelas alto y “jondo” en un descanso de la rutina que devora las ganas. Respiras con acento, ahorrándote las eses. Sientes ceceando. Rezarías al Cristo de los Gitanos. Se entrega el “bailor” y se estremece la madera. Como un viejo olivo se retuerce su rostro aceituna. Vacío de “sentío”, desnudo de arte, desafiante, dolorido, agitado, orgulloso y vencido.... planta su figura como un torero ante los pitones en mitad del albero, sabiendo que está abarrotada la plaza. Quietos ya los pies, incontrolable aún el pecho, fija pero ausente la mirada. Ahogada la garganta. Muda ahora la guitarra.

Silencio. Mancillado. Roto para siempre.

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