Columnismo

Que no se diga

Deseos fugaces

29.12.2017 @jorgefrances 2 minutos

Hay deseos pequeños, que caben en una caja de zapatos. Otros son inabarcables, tan difíciles de cumplir que ocupan el último lugar de la lista, no importa los años que pasen. Y esos deseos fugaces, los que se guardan bajo la cama, son mis preferidos. Aquellos que se cumplen siempre (y que se sigan cumpliendo) precisamente porque no cambian nada. Se hacen realidad en pequeñas dosis, en chispazos de felicidad, y son los que permiten que nuestra vida sea mucho más llevadera.

Desde niño fui consciente de esa idea peculiar de los deseos fugaces, y creía que por eso la guía de los Reyes Magos era precisamente una estrella. Pero a esta, sagrada y mágica, sería a la que pedir grandes deseos, de la categoría de los imposibles. Así que miraba el imponente cielo del frío de diciembre, con el firmamento congelado en los páramos y buscaba el astro de cola brillante. Pero nunca lo encontré. Me preguntaba extrañado por qué las estrellas se caían sobre los campos en agosto y era imposible cazar ni siquiera una en la época en la que había que hacer las peticiones importantes. Aún sigo sin tener una respuesta y el final de aquella lista intacta.

Los deseos nos describen y nos impulsan, igual que todo lo que amamos y lo que odiamos. Y ahora que a este año le quedan tan solo un par de atardeceres es casi inevitable hacer balance y comenzar de nuevo sin que haya terminado nada. Las doce campanadas son una catarsis que nunca se completa, un racimo de promesas que jamás conocerán la primavera. Pero suceden cada 31 de diciembre de forma inevitable, como a Larra le asaltaba la Nochebuena cada 24 de diciembre como el peor día del año en el que siempre le sucedían cosas desagradables. A pesar que esconderse en su propia soledad, la Nochebuena acababa llegando y poniéndole frente al espejo de la realidad que es el reflejo más cruel al que cualquiera puede enfrentarse.

La Nochevieja también termina llegando siempre y me sigo asomando a la ventana para buscar alguna estrella que cumpla aquellas ambiciosas peticiones acumuladas, a las que habría que soplar el polvo de los años. Nada, ninguna estrella fugaz cruza Castilla. Así que vuelvo a la habitación, sigiloso, y saco de debajo de la cama aquella caja de zapatos. Sonrío. Feliz 2018.

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