Columnismo

Que no se diga

Desnudar al presidente

19.01.2018 @jorgefrances 3 minutos

A pesar de que elijan presidentes como Donald Trump nunca dejo de mirar con cierta envidia a Estados Unidos. Su concepción de la política y la democracia soporta límites poco imaginables en la vieja Europa. El sistema es presidencialista en exceso, pero no tanto. La presidencia de Trump nos está enseñando a los de lejos, supongo que ellos ya lo sabrían, que el presidente es mucho presidente pero no es todopoderoso. Las cámaras funcionan como contrapeso, el botón nuclear tampoco es cosa solo de cualquier impulso del Comandante en Jefe e incluso los ciudadanos tienen el derecho a desnudar a su líder. No literalmente, Dios nos libre, pero desde luego que el presidente de los Estados Unidos de América debe dejarse el pudor en la campaña electoral, o quizá antes, en la carrera por las primarias.

Una vez en la Casa Blanca no hay detalle de su vida que no se convierta en público ni dato realmente confidencial. Al margen de las maniobras bajo cuerda, los planes de los servicios secretos, los chantajes y los pagos de favores, la presión de los lobbies... Todos hemos visto ya House of cards. A cambio, los norteamericanos pueden conocer el resultado de los chequeos médicos del presidente (no era sorpresa que esté pasado de colesterol quien se alimenta de hamburguesas, pesa 108 kilos) e incluso obligarlo a someterse a un test de capacidades cognitivas para un niño de primaria. Y así vimos al líder del mundo libre poniendo nombre a los dibujos de animales (un león, un rinoceronte y un dromedario... tampoco se crean que era un ornitorrinco) o haciendo sencillas operaciones matemáticas. Les faltó un cuaderno de Rubio para dulcificar su letra de serrucho y un libro de pintar para controlar su odio sin salirse de las líneas. Pero el multimillonario clasista, xenófobo y engreído tiene que tragar con esta humillación vulgar y, en su caso, esforzarse para conseguir el “progresa adecuadamente”.

Imagínense si en España, que hacemos debate nacional con un zapato, pudiésemos escudriñar los análisis clínicos del presidente o sentarlo frente a una reválida en su despacho de La Moncloa. Quizá nos hubiéramos ahorrado algún disgusto cuando Aznar viera armas de destrucción masiva en todas las manchas del test de Rorschach o Zapatero confundiera talante con talento. Pero aquí no tenemos de eso. Y se nota. Que no obliga a estar al día a nuestros presidentes. Y si no pregunten a Rajoy que se le encanecieron aún más las barbas cuando Alsina le corrigió lo de la pérdida de nacionalidad española para los catalanes de una Cataluña independiente y solo pudo contestar su famoso: “¿Y la europea?”. O más recientemente su metedura de pata sobre el origen del parlamentarismo que sitúo en el Reino Unido en vez de en un su querido León y ahora le toca pasar allí un día de enero y disfrutar de la Capital Española de la Gastronomía... así que lo mismo empieza a equivocarse aun más. Puede estar creando el turismo de equivocaciones. No iba a tener descanso entonces Mariano. Aquí lo más parecido a examinar a nuestros políticos fue aquel programa Tengo una pregunta para Usted de hace algunos años y el más actual La calle pregunta de las últimas campañas. Pero no es lo mismo, ahí más allá de las respuestas aprendidas de “memorieta” del programa electoral, solo logramos conocer que Zapatero no sabía lo que costaba un café en una cafetería cualquiera. Trump tampoco lo sabe ni lo supo nunca, que solo visita sus hoteles de lujo. Pero sabe dibujar un reloj con las manecillas en las once y diez. Vaya tío. Otra pregunta del examen de estadista.

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