Columnismo

Que no se diga

Donde habita el olvido

17.11.2017 @jorgefrances 3 minutos

Hay anhelos ancestrales que provocan fascinaciones difíciles de explicar. Puede que el deseo por permanecer sea tan fuerte que memoria y olvido resulten las dos caras del óbolo que llevar en la boca al embarcar con Caronte. Hay lugares que perdieron la memoria pero que nunca jamás llegaron a quedar en el olvido. Es el caso de los pueblos ahogados que nos devolvió la sequía con campanarios mudos y calles polvorientas. Aquellas aldeas que fueron sacrificadas hace décadas y que nunca antes habían vuelto a respirar. Ahora llevan meses secándose quizá como un aviso del pasado que nos alerta del inhóspito futuro en el que viviremos mañana.

Esos lugares, donde habite el olvido que recitaría Luis Cernuda “donde yo solo sea / memoria de una piedra sepultada entre ortigas / sobre la cual el viento escapa a sus insomnios”. Esos lugares provocan una atracción extraña y potente, de lo prohibido y recuperado por quién sabe cuánto tiempo más. Por eso, estos meses de sed aquellos pantanos yermos se han llenado de vida. Cientos de excursionistas han creado lo que empieza a conocerse ya como el turismo de sequía que consiste en recorrer a pie o en bicicleta los efímeros paisajes marcianos de polvo, piedras y ramas viejas. Cruzar puentes medievales que dejaron de cruzarse y jugar a adivinar lo que un día fueron calles y hogares en Villanueva del Río, Cenera de Zalima o Barrios de Luna.

Esta sociedad despreocupada convierte en ocio hasta la más poderosa desgracia. Mientras el campo saca las vírgenes y pierde el sueño por una lluvia que se retrasa demasiado, hay quien reza para que esos embalses sigan agrietados mientras los nuevos turistas llenen sus bares y visiten sus pueblos. En Galicia, en Potomarín, el Ayuntamiento ha señalizado con paneles los barrios reaparecidos para guiar a los visitantes. En la localidad malagueña de Peñarrubia incluso se han atrevido a inaugurar una ermita sin branquias y refundar el municipio normalmente bajo el Guadalteba. Pan para hoy y sed para mañana.

“Donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna / donde habite el olvido / allí estará mi tumba”. Escribió Gustavo Adolfo Bécquer, maestro de parajes trascendentes. Como un nuevo romanticismo, o el romanticismo de siempre, pasean por esos cementerios emergidos como si se hubieran colado en los cuadros de Friedrich. Con una atracción por la desolación que endurece el rostro y busca explicaciones a lo inexplicable. Una tragedia que, como en todas, también hay afortunados. Aquellos que de niños tuvieron que abandonar las casas de esos pueblos condenados. Han llegado a tiempo para volver a pisar lo que una vez fue su salón o su cocina, han podido ver una vez más aquellos capiteles de la antigua iglesia que no acogió más bautizos. Cuánta emoción en sus rostros, y cuántas lágrimas que no llenan pantanos pero hacen rebosar los recuerdos. Memoria y olvido.

Aunque aquí en Castilla y León no haga falta vaciar embalses para visitar pueblos abandonados. Deben andar los políticos preocupados, sin saber si estas localidades retornadas les desbaratan la ordenación del territorio y las estrategias de lucha contra la despoblación que por el momento se han quedado en estrategias de la despoblación. Andarán incluso enfadados porque encima nos resuciten pueblos. Pero como canta Sabina, que también ha rastreado donde habita el olvido: “la vida siguió / como siguen las cosas / que no tienen mucho sentido”. Y no llueve.

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