Columnismo

Que no se diga

Drago ha vuelto

17.11.2016 @jorgefrances 3 minutos

No soy de creer en leyendas, pero algunas parece que fueron escritas tras un sueño premonitorio, como una parábola del futuro con la que tropezarse en el momento preciso. En Extremadura cuentan que existió un monstruo insaciable al que llamaron Drago. Era un gigante de cabeza y brazos de hombre pero cuerpo de basilisco. Cuando tenía hambre unos terribles bramidos que se oían a leguas de distancia y que los lugareños saciaban llevándole vacas o carneros a la puerta de su cueva, cerca de Santa Cruz de Paniagua. Drago los colgaba de una argolla a la entrada de la gruta y los iba devorando con ansiedad. Al día siguiente no quedaban ni los huesos y volvía a bramar para exigir una nueva ofrenda. Su hambre era tal que acabó con todo el ganado extremeño. Después engulló a sus habitantes y así fue arrasando Extremadura y Andalucía hasta que voraz cruzó el estrecho y nunca volvió de África. Así lo describe Publio Hurtado en su libro "Supersticiones extremeñas".

Ahora Drago ha vuelto. Debe mantener la cabeza de hombre porque vomita palabras, serpentea con su cuerpo de basilisco entre la verdad y tiene las patas de ave "Twitter". Su guarida es la oscuridad de la decepción y grita apelando a las vísceras de quien esté dispuesto a escuchar. Engulle rabia, morbo, venganza y miedo. Rebaña emociones y tampoco se sacia nunca. Drago somos todos. Es el monstruo contemporáneo en que hemos convertido la opinión pública a través de la degeneración de una política y un periodismo trastornados por las redes sociales. Está venciendo la política de "tuit" (sin ideología ni contenido) y el periodismo del ruido (de usar y tirar, que abandona su responsabilidad democrática y se trasforma en sospechoso perpetuo). El engendro crece en la avalancha de desinformación donde la verdad ha dejado de importar.

El Diccionario Oxford acaba de elegir su palabra del año en inglés para este 2016. Es "post-verdad" ("post-truth"), definida como "circunstancias en las que hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que lo que lo hacen los llamamientos a emociones y creencias personales". Su uso se ha multiplicado tras procesos como el referéndum del Brexit, el plebiscito del acuerdo de paz en Colombia o las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. En todos esos casos la palabrería populista, los discursos trufados de imposibles y los argumentos sustentados en falsedades han servido para ganar el apoyo de una mayoría irreflexiva. Hace unas semanas The Economist publicaba un amplio reportaje que alertaba también sobre este fenómeno como "la dependencia en aseveraciones que suenan ciertas, pero que no tienen base fáctica, verdad que no es falsificada sino de importancia secundaria, agresividad que es tomada como evidencia de disposición de enfrentarse al poder elitista, usada para reforzar prejuicios, campañas basadas en emociones y no en hechos". Sean bienvenidos a la era de la "post-verdad" que ya gobierna el mundo.

Pero volvamos a Drago. Otro relato menos fantástico, que también recoge Publio Hurtado, dice que fue un hombre que padecía una enfermedad mental. Era muy agresivo y por eso su familia decidió amarrarlo en una cueva. El hombre emitía unos alaridos terroríficos y sus familiares difundieron que allí se escondía un monstruo para mantener alejados a los vecinos. Una versión más verosímil pero mucho menos emocionante. Como en "La vida de Pi" de Yann Martel, "le he contado dos historias, ¿cuál le parece la mejor?".

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