Columnismo

Que no se diga

El Apocalipsis según Trump

10.11.2016 @jorgefrances 3 minutos

No esperen que se abra el cielo e irrumpan los cuatro jinetes de la muerte. Ni que justo después empiecen a sucederse las siete trompetas que intentan despertar al mundo mientras lo devastan sin salvación. Pero estamos viviendo el Apocalipsis. El final de toda una era y de una forma de entender la política, la economía y la sociedad.  Los diques del “sistema” se han roto en un peligroso torrente incontrolable de descontento y decepción. No supieron reparar las grietas.

La victoria de Donald Trump en Estados Unidos confirma el divorcio entre ciudadanos y clase política. Ese llamado “sistema” (las instituciones, la estructura de los partidos políticos, los mercados y las élites) es incapaz de predecir ni controlar lo que sucede a pie de calle. No se entienden.  Las normas que han regido la relación entre política y sociedad en las últimas décadas ya no sirven nada más que para discutir. Necesitamos otras reglas para interpretar la realidad actual, el problema es que todavía no han sido escritas. Ya decía Peter Ustinov que “la última voz audible antes de la explosión del mundo será la de un experto que diga: es técnicamente imposible”.

Las ciencias sociales son una escopeta de feria que dispara con balines caducados. Los economistas no supieron advertir de la crisis que comenzó en 2008. La demoscopia se pone colorada en todos los procesos electorales importantes de los últimos años, es una técnica tuerta que ahora no predice resultados, en muchas ocasiones acierta siquiera con las tendencias. Para el presidente de The Hispanic Council, Daniel Ureña, el gran problema es la 'espiral de silencio' (los ciudadanos que ante una opinión generalmente rechazada prefieren no hacerla pública o mienten). Cada vez más ciudadanos se consideran expulsados de la opinión pública “aceptable” y se suman a ese tornado impredecible.  La comunicación política también ha muerto con Trump. El paradigma de peor candidato posible, denostado incluso por gran parte de su propio partido, hace a estas horas la mudanza para poner los pies sobre el Escritorio Resolute del Despacho Oval.

Trump, telepredicador del antisistema, es la sexta trompeta elevado a la Casa Blanca por millones de americanos que se rebelan contra lo establecido. Han dejado de escuchar a los editorialistas de los grandes medios, a los expresidentes, a las instituciones internacionales, a los viejos republicanos... incluso a sus estrellas del cine o la música. Han dejado de escuchar borrachos de populismo patriótico y visceral. El dorado sueño americano está ahora en el tinte de pelo del magnate – presidente electo y en su discurso de taberna a las cinco de la madrugada. Cantos de sirena ebria de un club de carretera. Transversales y malsonantes, que rompen con rencor las costuras de las ideologías, y que se parecen mucho a las melodías demagogas del Brexit, Syriza, Fidesz, el Frente Nacional o Podemos. Promesas que no valdrán nada, como cantaría Iván Ferreiro, porque no se pueden cumplir pero que sirven para canalizar momentáneamente la desesperanza de una parte de la sociedad que se siente abandonada por un engranaje institucional que hace mucho que dejó de ofrecer soluciones para la vida a pie de charco y facturas.

Este mundo se acaba. Como en el cine, siempre con Estados Unidos como bandera. Tras la desilusión del salvador Obama veremos cómo asume la decepción del demonio Trump, que llegará. Ahora Trump solo debe de temer a Trump. Séptima trompeta.

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