Columnismo

Que no se diga

El desacuerdo de consenso

09.02.2018 @jorgefrances 4 minutos

Los políticos hablan del consenso como quien promete asomarse al horizonte. Siempre parece más cerca pero continúa igual de lejos. Embelesan intentando atrapar atardeceres de todos los colores pero saben de sobra que el sendero no termina jamás, incluso si lográramos andar y andar acabaríamos rodeando eternamente el planeta Tierra. El consenso siempre es el fondo del cuadro, y si alguien lo pinta en primer plano debe haber un acuerdo tácito entre los políticos (como el juramento hipocrático de los médicos, pero menos ético) para que ese horizonte lo enmarque otra ventana. Le tienen miedo. Consideran que el acuerdo de todos es el fin de su oficio, creen que entonces se les acabaría la faena y tendrían que dejar sus sillones y abandonar los púlpitos. La realidad, y me duele descubrirlo, es que puede que exista una conspiración política contra el consenso acordada por todos los partidos para evitar su desahucio.

Sin embargo y a la vez, el consenso es el objetivo de muchos de sus discursos y promesas, sobre todo en los temas importantes. Lo hacen para despistar, se esfuerzan en que todos pensemos que lo luchan con ahínco. Es la cortina de humo perfecta para salvar su secreto. Así el consenso es la justificación tanto para promover reformas pendientes como para vetarlas.  Y de este modo la rehabilitación que necesita nuestro sistema democrático se queda allí, en el horizonte. Tan bonita como inalcanzable. Hay consenso en que hay que reformar la Constitución pero no el consenso suficiente en qué reformas y de qué calado... luego sigue siendo sacro santa. Hay consenso en que es necesaria una nueva Ley Educativa que sobreviva a las legislaturas, pero ni de lejos se ponen de acuerdo ni siquiera en qué se estudia en cada asignatura... así que todo queda en suspenso. Hay consenso en que hay que modernizar la Ley Electoral pero no lo hay en cómo traducir los votos en escaños de una forma más justa...  pues nos abstenemos de la reforma. Es lo que está sucediendo estos días fríos de febrero. Tres años tarde, la transversalidad de los que se llamaron nueva política se hizo la foto prometida. Levantaron los vetos (al menos un rato) Podemos y Ciudadanos para empezar a acordar la reforma de la Ley Electoral que ambos llevaban en su programa electoral. Con la esperanza de la negociación abierta (y  sin que esta vez tampoco faltase la imprescindible ocurrencia de los de Pablo Iglesias: ahora quieren que se pueda votar desde los 16 años para ver si así remontan las encuestas) uno esperaba que no fuera difícil sumar al menos al PSOE en este bando. Pero qué iluso, el sol no se escondía tras la primera montaña. Los socialistas ahora dicen que están por el consenso, pero eso incluye que el PP también apoye cualquier reforma. A tomar por saco la baraja.

Algo parecido ha sucedido en Castilla y León con la regeneración democrática. PP y Ciudadanos firmaron en su acuerdo de presupuestos, como quien firma el decálogo mundial contra el cambio climático, unas medidas que incluyen el final de los aforamientos de los procuradores de las Cortes autonómicas. Parecía que iba a ser consenso. Nada, era broma. En este caso fue el PP el encargado de defender la conspiración. Solo lo apoyará si todos los grupos la apoyan, pero a PSOE y Podemos no le basta que se quite el aforamiento de los procuradores y se empecinan en que solo lo votarán si también se extiende a los miembros del Gobierno regional a lo que, por supuesto, los populares se niegan. Qué buen truco. Fin de la regeneración democrática.

Hay que asesinar el consenso porque es la escusa para el inmovilismo. Les aseguro que es una conspiración porque podrían decir: ¿quizá es que no conocen el poder de las mayorías? ¿Quizá no saben que la democracia (mira que lista ella) fija lo que de forma pedante se denomina aritmética parlamentaria como vía para tomar decisiones cuando no hay acuerdo? Lo saben. Les prometo que lo saben. Es la fórmula que utilizan para elegir presidente y repartirse los puestos en la mesa y en las comisiones.  En política el consenso es el horizonte de Tierra de Campos.

 

 

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