Columnismo

Que no se diga

El negro de Baltasar

22.12.2016 @jorgefrances 3 minutos

Baltasar ya no destiñe y los mercados navideños los custodian militares con metralleta. Cómo cambia la Navidad desde que con los dientes de leche se nos cae la mirada de la ilusión. Recuerdo la alocada teoría con la que mi pensamiento de niño daba explicación al extraño suceso que se repetía cada año en la Cabalgata de Reyes de Béjar. Mi rey mago siempre fue Baltasar y mis abuelos se esforzaban en que esa noche mágica me llevara un beso a casa de su majestad de Oriente. Un beso negro, con perdón, porque aquel rey se desteñía en cada niño. Llegué a pensar que todos nacíamos negros y nos quedábamos blancos de lo mucho que nos frotaban en la ducha. Quizá allá por África se bañaban menos y por eso conservaban a duras penas el color. Imagínense la cara de mis padres y mis pequeños amigos cuando bien serio les relataba mi disparatado razonamiento. Me quedé muy decepcionado cuando descubrí que la realidad es que entonces en Béjar, como en muchos lugares de España, no había negros que hicieran de rey mago y por eso los pintaban con betún. Pero en qué pocas veces no decepciona la realidad. 

La Navidad es el Nunca Jamás de nuestra tradición católica, y más tarde o más temprano, llega la noche en la que es un lugar al que no se puede volver. Se dejan de escuchar los cascabeles de los camellos en la galería acristalada del salón y vuelves a dormir plácidamente el 5 de enero. Empiezan a sobrar sillas en la cena de Nochebuena y cantamos para esconder las lágrimas secas que recuerdan a los que faltan. Se siente diferente, no solo por los años. La Navidad es otra. Casi desde que dejé de pensar que Baltasar desteñía nunca la viví con fe, pero sigue siendo una época entrañable que compartir con la familia y los amigos. No hacen daño unas semanas de buenos deseos a pesar de haber sido engullida por la maquinaria del consumismo que alimenta nuestro modelo de sociedad.  

Defiendo la Navidad porque quieren asesinarla. Está asediada, atacada por todos los frentes posibles. Desde dentro por un malentendido progresismo empeñado en empaquetarnos la Navidad laica, algo así, como el cocido madrileño vegano. Las luces de las calles geométricas porque ofenden mucho las estrellas fugaces y los angelitos con trompeta. Hay ayuntamientos "del cambio" donde está prohibido poner belenes y no pueden subir al balcón los Reyes Magos para no herir sensibilidades. Eso sí, adornarlos con cortinas de leds y regalos es mucho más respetuoso aunque el mensaje sea celebrar exactamente la misma fiesta. El postureo mata la cordura y acuchilla las tradiciones. 

Desde fuera, la Navidad es objetivo terrorista porque forma parte de la definición cultural de Occidente. Estos días la alerta máxima obliga a seguir cerrando la burbuja de seguridad con la que Europa y Estados Unidos anhela salvaguardar sus esencias ante la intolerancia y la barbarie. Cada vez cuesta más dar abrazos en una plaza escoltados por la Policía Nacional.  Duele volver a casa por Nochebuena y enloquecer por una maleta abandonada en un aeropuerto o una estación de tren. Cantamos "Noche de paz" como la coreaban los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial durante la "Tregua de Navidad". 

 Qué teorías contarán ahora los niños cuando intenten explicar el viaje de los magos en el triste mundo que les vamos a dejar en herencia. Melchor habrá encargado un "Papamóvil" para evitar ser tiroteado mientras saluda desde su carroza. Gaspar llegará tarde porque compasivo habrá compartido parte de viaje con un grupo de refugiados sirios que buscaban otros portales donde resguardarse del frío a la entrada de Europa. Baltasar, secuestrado por Boko Haram, no destiñe porque se desangra.  

Etiquetas, , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente