Columnismo

Que no se diga

El periodismo era un arte

17.02.2017 @jorgefrances 3 minutos

Hace ya tanto que las redacciones no humean y las palabras no suenan golpeadas letra a letra. Hubo un tiempo en que el periodista quería ser tan artista como un pintor, tan bohemio como el poeta, tan irreverente como una cupletista de cabaret, tan preciso como un amanuense y tan elegante como los galanes del teatro.

Esta mañana curioseando en la biblioteca de mi amigo Guillermo me encontró (porque los libros siempre te encuentran) una vieja edición de El arte del periodista de Rafael Mainar, publicado por primera vez en 1906. Ha dado conmigo la misma semana en la que he vuelto a las aulas para intentar explicar a los futuros periodistas las incertidumbres que acechan a una profesión que siempre sobrevive en tiempos inciertos. Es esta obra tan vigente en las esencias que enmudece y tan acertada en las predicciones que sobrecoge. Un manual que no enseña porque dice Mainar que “el periodista, como el poeta, y aún más que el poeta, nace y no se hace, como se nace rubio o moreno, con el agravante de que para mudar esos colores hay tinturas y no la hay para que parezca periodista el que no lo sea”.

En la bisagra de dos siglos, Mainar reflexionó sobre la actualidad cuando no había redes sociales, ni Google, ni Internet… ni siquiera la radio había llegado para cuestionar el papel de la prensa. Cuando los dedos manchados de tinta de la edición matutina o vespertina eran la única forma de acercarse al mundo del día anterior.  La actualidad que ahora nos ahoga en un torrente incontrolable era un concepto distinto, que no se refería al presente sino al pasado, un pasado reciente pero de horas agotadas, de la última hoja arrancada del calendario. Aún así, tenía claro lo que comenzaba a suceder: “El tiempo devora a sus hijos, la actualidad también”. El periodista siempre debe ser hijo de la actualidad, aunque termine engullido porque “un periódico sin actualidad es como una flor sin aroma”. Y da una pista imperecedera: la novedad hace que puedan ser actuales incluso los recuerdos del viejo tiempo. El negocio de la prensa debe ser esa actualidad, el contenido por encima de todo, como única forma para hacer de todo esto una industria.  Dan ganas de conseguir un palé de ejemplares y de enviarlos sin remite a tantos y tantos directores.

Los periódicos ya no tienen talleres ni se acumulan las galeradas a corregir. Las máquinas han ido matando a los artesanos y somos muchos los mercenarios por obligación o incluso por devoción, que “haberlos haylos”. La vocación nos mantiene a flote, soñamos con periodismo y por el momento solo logramos vivir de ello (que no es poco).  Nací periodista y añoro un oficio que solo descubrí a través de las palabras de Camba, González Ruano, Chaves Nogales o Umbral. Porque hay recuerdos que revuelven al tiempo, ya dijo Juan Cruz de este manual de Mainar: “No imagino a ningún periodista de hoy que no adquiera enseguida curiosidad por saber qué se decía de él en 1906”.

Hoy entré a mi redacción con gabardina y fular. Me tomé la prensa con tres cafés y en vez de volver directo a casa pedí un whisky en vaso ancho y sin hielos en un bar de piano y camareros de traje. Al tercer sorbo recordé que nunca me gustó el whisky. Mainar creía que el periódico debe ser “la Historia que pasa”. Puede que el arte en el periodismo sea de las cosas que ya hemos dejado pasar.

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