Columnismo

Que no se diga

Gatillazos parlamentarios

01.09.2016 @jorgefrances 3 minutos

La política española nos ha dado motivos para saber que ninguna derrota es la última. Parafraseando a García Márquez en “El general en su laberinto” podría trazarse el análisis certero del “gatillazo” parlamentario al que nos están acostumbrando. Cuatro besos y un par de arrumacos para terminar dejándonos a medias, otra vez con las ganas de llegar al orgasmo presidencial. Esta nueva etapa, con la que aseguran que se cerró definitivamente la Transición, es la de una España fallida en su funcionamiento político. La irrupción del multipartidismo y la fragmentación del voto han roto las costuras de nuestra Constitución y la cintura de unos líderes miopes de realidad.

Esta semana asistimos por segunda vez en la historia a un debate de investidura que no investirá ningún presidente del Gobierno. Tras la anterior legislatura exprés con otro candidato que solo fue candidato, tras la repetición de elecciones como súplica inútil de una partida más fácil, el Congreso de los Diputados despliega un boato “prescindible” (así diría Pedro Sánchez), porque sabemos que el resultado sigue siendo la incertidumbre. España asume la derrota a paso ligero y moviendo los brazos, como camina Rajoy por las mañanas. El eterno presidente en funciones se ha visto obligado a reescribir su argumentario. Dijo que no se presentaría a una investidura que fuera a perder, a la que acudiera sin los apoyos necesarios, y ahí le hemos visto defendiendo su herencia y sin ningún entusiasmo un acuerdo mojado y arrugado. Fue el socio de casi todos, Albert Rivera, quien tuvo que ponerse a tono para defender otro “acuerdo bueno”.

Se aprende más de perder que de ganar. Eso dicen los sabios, pero es que este vodevil está cambiando hasta la sabiduría popular. La vieja y la nueva política, vuelta ahora a alinearse en izquierda y derecha, no parecen aprender nada de cada nueva derrota. Están dejando atrás la transversalidad que rompió las barreras para construir nuevos muros al estilo de la Guerra Fría más rancia. El político es el hombre que más veces tropieza con la misma piedra y el ciudadano ya no “se pone” con esta chusca política (como calificó Rafael Hernando a la posición socialista).

Aún así, compatriota en abstinencia, sepa que siempre queda esperanza. No todo va a ser follar, cantaba Krahe, así que tiremos de palabras mayores y hablemos de amor. El ejemplo nos llega de aquellos años en que las ideologías asesinaban. En tiempos de guerra, ahora sabemos que tampoco hubo derrotas definitivas. Ni siquiera la muerte pudo destruir un corazón encontrado en una fosa común de 1936 en La Pedraja, en Burgos. Ha pasado 80 años bajo tierra, ha esperado 80 años para negarse a ser vencido. Incorruptible y anónimo.

Afortunadamente, hoy no hacen falta héroes ni mártires. Por mucho que Pablo Iglesias se empeñe en el revanchismo del odio y de las dos Españas.  Ni un Simón Bolívar anunciando la siguiente derrota. Para escapar de este laberinto necesitamos más Cupidos de escaño y menos Narcisos de despacho. Con más responsabilidad y menos “postureo” volverán las añoradas  riñas de las sesiones de control y las votaciones de presupuestos. Qué tiempos aquellos. Procreen leyes, decretos, reformas e inversiones. Saquen al país de la castidad de decisiones. Hagan el amor, por España.

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