Columnismo

Que no se diga

La conga del simpa

04.03.2017 @jorgefrances 3 minutos

Qué entrañable es delinquir en familia. Y cómo une, qué bien integra a los cuñados recién llegados. Lo saben en la provincia de León donde estos días es famoso el clan que organiza celebraciones familiares y luego huye sin pagar la cuenta con más coreografía que el equipo olímpico de natación sincronizada. Su golpe más reciente, y quizá el último, ha sido en Bembibre. Han dejado a deber más de 2.000 euros de un bautizo.

Qué maravillosa coordinación la de anfitriones e invitados para abandonar un restaurante sin que el dueño te persiga escoba en mano. Con la invitación al bautizo debía de adjuntarse el plan de fuga y el reparto de papeles. El abuelo que sale al baño por lo de la próstata, los padres y el niño que montan un belén para cambiarle los pañales y el primo de Cuenca que se ausenta un momento para buscar donde comprar tabaco. Una escena ensayada, que engañar no es tan sencillo, y ya lo habían hecho antes con una boda. Actúan con premeditación y alevosía porque en un buen golpe no hay lugar para la improvisación. Hay que cuidar hasta el último detalle como reservar el salón y el menú con nombre y teléfono falso para evitar tener a la Guardia Civil en la puerta antes de que se te pase la resaca.

Pero qué rico sabe todo cuando es gratis. Es como si tuviera más sustancia, y no importa si te escurre la fritura de los calamares o si no sabes cuando parar de repetir de gambas. Y como corre el whisky, 30 botellas se bebieron, quizá para estar a buen tono y que nadie se arrepintiera en el momento de poner pies en polvorosa.  En eso sí que empatizamos, porque el “simpa” es como la factura sin IVA, una de esas conductas que nadie confiesa, pero tan arraigada en la picaresca española como el pincho de tortilla en la barra de un bar. Un “simpa” dispara la adrenalina, te sube las pulsaciones y acabas a carcajadas nerviosas a la vuelta de la esquina. Genera ese sentimiento estúpido de ser superior por el éxito en el engaño, ese orgullo patético de haber sido más listo que el estafado. Es un orgasmo de lo indecente, de media sonrisa lasciva. Quebrar las normas, hay que reconocerlo, da cierto gustito. Una atracción por lo prohibido que suele apagarse en el calor de la adolescencia huyendo de uno e uno de un local de copas a las tantas del sábado. No pasarse de Paquirrín porque hay riesgo que terminar siendo “el Vaquilla”.

Ahora, la banda del “simpa” es la versión 3.0 del Buscón, el Lazarillo coral postmodernista, los dignos herederos de Guzmán de Alfarache. No descarto que la madre, muy pícara, hubiera bautizado Justina a la criatura. Qué plan más bien entrenado, declara el dueño del restaurante que en un minuto se esfumaron los 120 invitados, como cuando aparece un león en la charca de las gacelas. Se marcharon cuando iba a servirse la tarta. Se dejaron la factura y el postre porque había que hacer algún sacrificio.

Dicen que salieron del restaurante haciendo la conga. Qué maravilloso esperpento. Les esperaban con los motores en marcha, creyéndose con la borrachera que saqueaban un banco pero con la corbata  por media anudada en  la cabeza.  El camarero animado iba a unirse en la siguiente vuelta, aún sigue allí... con las manos pidiendo cadera.

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