Columnismo

Que no se diga

La esperanza que llora

29.09.2017 @jorgefrances 2 minutos

La esperanza vive entre fiolas y probetas. Es una sonrisa en un laboratorio tras meses, y en muchos casos años, de trabajo incansable con fórmulas y mezclas que terminan convirtiéndose en píldoras de futuro. Confesaba Albert Einstein que nunca pensaba en el futuro porque “llega muy pronto”, llega cada mañana estemos o no preparados para recibirlo. La ciencia es una batalla constante contra el tiempo. Sus avances nos ayudan a ganar años a la muerte, pero su lucha es la de un salmón río arriba contra el torrente de agua.

En España, la crisis económica hirió a la investigación científica con brutales recortes que siempre se escudaron en que era prioritario no morir hoy a intentar vivir más o mejor pasado mañana. Aún así, cientos de investigadores mantuvieron su afán heroico por seguir adelante para que la natalidad de la esperanza tampoco se viniera abajo en las estadísticas. Ellos sí son plenamente conscientes de que su dedicación es una prueba contrarreloj de la que dependen miles de personas afectadas por multitud de enfermedades, y millones más que serán (o quién sabe si seremos) diagnosticadas de todas ellas en los próximos años.

Estos días muchos de esos héroes sufren y la esperanza llora. Un cambio en la ley de los Presupuestos Generales de 2017 impide a las fundaciones públicas renovar los contratos de sus investigadores. Decenas de científicos están a punto de perder su trabajo, y todavía peor aún, supone poner en peligro algunos de los más importantes proyectos de lucha contra el cáncer o enfermedades cardiovasculares que se están desarrollando en nuestro país. Este error legal afecta a fundaciones tan prestigiosas como el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas o el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares que podrían tener que despedir a más de un centenar de profesionales. Pero a los gobiernos no les interesa la ciencia, solo habitan el presente continúo.

Los políticos buscan soluciones (en hojas de Excel en vez de en tubos de ensayo) porque la burocracia es más lenta que el futuro. “Me interesa el futuro porque es donde voy a estar el resto de mi vida” dice Woody Allen. La esperanza no tiene pasado.

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