Columnismo

Que no se diga

Los ministros no existen

12.05.2017 @jorgefrances 3 minutos

Los ministros son los gamusinos de la política. Todo el mundo ha oído hablar de ellos, pero nadie sabría describirlos. Son seres con cartera que en principio nunca despertaron en mí ninguna fascinación. De niño los imaginaba grises y burocráticos, bajo pilas de papeles y en despachos fríos de decoración impersonal. Con sillones de cuero, bandera de España y foto del Rey. La curiosidad surgió por primera vez cuando empezaron a repetirme aquellas dos sentencias cotidianas. Si me encontraban en el sofá disfrutando la merienda: ¡Vives como un ministro! Si traía buenas notas a casa: ¡Este chico va para ministro! Pero entonces yo aún quería ser presidente, porque consideraba que apuntar a ministro era como ir a las Olimpiadas para ganar el bronce. 

La feliz inexistencia del ministro la descubrí mucho más tarde, y esta misma semana la ha reafirmado el barómetro del CIS. Más del 60 por ciento de los españoles no conocen ni el nombre de 8 de los 13 ministros del Gobierno de Rajoy. Por si se trataba de algo coyuntural repasé la serie histórica y la media de conocimiento es siempre similar. Más de la mitad de los ministros de todos nuestros gobiernos democráticos son fantasmas para la calle. 

Ahí empezó a picarme el gusanillo. Coche oficial, firma de las que toman decisiones, indudable promoción política en tu partido, interesante influencia en tu territorio... y por una nómina de 70.368 más trienios (según los Presupuestos Generales del Estado), tan solo unos 9.000 euros menos al año que el presidente. Es decir, ser Kiko Rivera sin paparazzis en la puerta. Porque lo que demuestra el CIS es que el ministro no está en “el ruido de la calle” (que diría Raúl del Pozo). Si aparece en las conversaciones es un ente etéreo, sin rostro (excepto Montoro frotándose las manos a lo Gollum). Es más popular la panadera del barrio que se aprendió el nombre y el tipo de pan que le compra cada cliente.  Y no existir elimina la mayor de las complicaciones del poder, enfrentarse cara a cara con la reacción que provocan tus decisiones. 

Con los años también fui dándome cuenta  de mis errores  de apreciación infantil. Para ser ministro no hace falta ser gris, ni burocrático, ni que te caiga bien el traje, ni siquiera saber de los asuntos que gestiona tu ministerio. La revelación me llegó escuchando las recetas con hueso de vaca de Celia Villalobos, viendo engullir yogures caducados a Miguel Arias Cañete o imaginando a Miguel Sebastián intentando enseñar economía a Zapatero en tres o cuatro tardes. Sus ministras posaron en Vogue en la entrada de La Moncloa arropadas con pieles. Soraya Sáenz de Santamaría también se retrató sensual para El Mundo. José Manuel Soria desbarató la industria y fundió la energía, oye y tampoco se quedó sin su puerta giratoria.  Aún así, “no sé de quién de me hablas” te dirían en los bares. 

Por eso para ser buen ministro hay que quedarse en ministro. No lo duden. La clave es seguir siendo siempre un unicornio para la sociedad. El éxito es no tener más éxitos. Si no acabas en Rubalcaba... o peor, en Rajoy. Qué manera de tirar el futuro, él que estuvo en hasta cuatro ministerios.  

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