Columnismo

Que no se diga

Los noruegos felices

24.03.2017 @jorgefrances 3 minutos

La felicidad es gélida, aunque bien abrigado, permite ver auroras boreales. La felicidad se consigue en los hogares, alrededor de una buena chimenea y a pesar de que durante meses la noche le gane al día todas las batallas. La felicidad vive en los países nórdicos, quizá por eso se empadronó allí con sus renos y sus elfos Papa Noel. Eso asegura la ONU, que cada marzo publica la clasificación de los países más felices del mundo y que encabezan siempre los situados más al norte de Europa. Este 2017 Noruega le ha quitado el trono a Dinamarca. Los noruegos se han esforzado más en sonreírse este año o quizá los inspectores tropezaron esta vez con el tormento de Hamlet.

Medir la felicidad es lo mismo que pesar el amor o la suerte, un trampantojo de la realidad. Radiografiar la felicidad es fotografiar un unicornio. Decía Delibes que “la felicidad no existe, que a lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como pompas de jabón”. Puede que el frío de los fiordos y sus lenguas glaciares consigan crionizar los destellos y por eso uno se encuentre mejor asomado al imponente mirador natural de El Púlpito que paseando como el maestro Miguel por el Campo Grande.  Allí, a 600 metros sobre el agua, es complicado no sentir el vértigo de la felicidad. Un miedo dulce, una puñalada salvaje y sensual, que ojalá jamás consiga superar.

Los nórdicos son tan felices, están tan “koselig” (es el término que utilizan para referirse al bienestar y la calidez) con sus buenos datos en  renta per cápita, servicios sociales, libertad y buena gobernanza; que cuando juntan un puñado de días les falta tiempo para venirse a España. Eso que aquí somos 34 veces menos felices que ellos (según las Naciones Unidas) a pesar de nuestro sol y playa, de nuestra buena gastronomía, de nuestra forma de disfrutar la vida, de nuestra manera bailar la calle.  A lo mejor es que la felicidad ininterrumpida aburre, como creía Molière, y nos visitan solo para sufrir colorados de sol y sangría un par de semanas como penitencia para vivir en plenitud el resto del año. Tienen de su lado la sabiduría del castellano, pues ¿quién me negaría que no es la felicidad plena acurrucarse bajo un nórdico en lo más crudo del crudo invierno? Sin acritud, amigos noruegos, la verdad es que no necesitamos ser tan felices como vosotros. No sea que en esta obsesión por cuantificar todo, cuasi ministerial, le de a Montoro por cobrar una plusvalía por exceso de felicidad cuando toca la lotería, a parte de la mordida correspondiente.

Hubo un tiempo en que mi familia creía que vivía en el bloque más triste de todo Valladolid. Las desgracias y las enfermedades se cebaban con un gran porcentaje de los vecinos del edificio. Sin embargo, nosotros éramos felices. Crecimos razonablemente felices, aunque no sería capaz de cuantificarlo, ruego perdonen mi incapacidad para ajustar a variables los sentimientos. Nosotros sonreíamos. Sonreíamos y desbaratábamos las estadísticas.

Etiquetas, , , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente