Columnismo

Que no se diga

Los últimos de la mina

16.06.2016 @jorgefrances 2 minutos

Sus miradas apagadas ya no transmiten rabia. Cuatro mineros de la Hullera Vasco Leonesa se han encerrado en el pozo Aurelio del Valle manchados de desesperación. Se han enterrado con su medio de vida a 200 metros de la superficie, en la localidad leonesa de Santa Lucía de Gordón, y ni las linternas de sus cascos alumbran ya esperanza alguna para un sector del carbón que se sabe condenado y sentenciado a la desaparición.

Posan ante las cámaras cuatro pares de ojos que sujetan la dignidad sin el brillo de la ilusión por la lucha al que nos tenían acostumbrados las protestas mineras. Su batalla hoy es la heroica del derrotado, posiblemente más pasional que práctica. Se encierran al frío, a la oscuridad, a la humedad de la mina profunda e inhóspita. Ahora no exigen futuro, solo el presente de un par de años más de empleo que supondría mantener los compromisos de ayudas al cierre de pozos como este de Aurelio del Valle. Reivindican los billetes de su agonía programada.

Estos cuatro de Santa Lucía son una suerte de “últimos de Filipinas” atrincherados en Baler en 1898 a la espera de refuerzos, aquellos a 200 kilómetros de Manila. Así ha sido el asedio a la minería de los últimos 20 años. También en las cuencas de Asturias y Castilla y León se negaron a creer los titulares de la prensa. Las minas de carbón españolas no son competitivas. Su mineral es más caro de producir y tiene menos poder calorífico que el de otros países. Sin ayudas estatales o europeas es un negocio ruinoso y además contaminante. Ninguna empresa energética comprará una materia prima que vale más y que rinde menos. Es la cruda realidad que plan a plan y huelga a huelga se han visto obligados a aceptar. Europa no quiere minas subvencionadas a partir de 2018 y eso es el punto final al sector español por mucho que les regale los oídos más de un político local y regional. Hasta aquí tampoco llegarán los refuerzos.

El drama es que más de dos décadas después paseemos unas comarcas mineras despobladas, envejecidas y abandonadas de alternativas económicas al tajo. Se fueron malgastando los presupuestos a la reconversión, se crearon varias generaciones de jóvenes prejubilados con la cartera bien llena y de familias acostumbradas al subsidio. La minería española son los restos de un sector que se empeñó en morir agarrado a una verja con candado. Arrastró a sus pueblos a empobrecerse con el casco calado y encendido.

España perdió el carbón. Nos falta un Leguineche que relate las minas como contó la resistencia suicida en la iglesia de Baler. Escribió el maestro de periodistas que junto a los soldados los monjes siempre repetían: “Morir habemos, ya lo sabemos”.

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