Columnismo

Que no se diga

Mi lágrima izquierda

27.10.2016 @jorgefrances 3 minutos

Ayer se me escapó una lágrima. Y sabía a sal. La misma sal que dicen que cicatriza las heridas. Pero allí no vi a nadie más llorar, al menos desde donde graban las cámaras en el hemiciclo no se aprecia nada. Esos, y no otros, son los que debían de perder alguna lágrima y que les cicatricen las heridas y la dignidad incluso.

Hace unos años, un estudio de la Universidad de Oxford intentó demostrar que, cuando lloramos, si la primera lágrima cae del ojo izquierdo es que el llanto es de dolor y si resbala por el derecho está provocada por felicidad. Ayer, durante el inicio del Debate de Investidura de Mariano Rajoy, reconozco que noté deslizarse una lágrima zurda. No sentía tristeza. Caía como cae esta tarde de final de octubre.

Pedro Sánchez reaparecía en el Congreso de los Diputados camino del exilio, que es ese escaño que ahora ocupa en la tercera fila. Aun así se esforzó por aguantar el tipo frente al resto de compañeros con los que se cruzaba, como un candidato a delegado de clase que tras perder la votación bromea para tratar de fingir que su ego ha quedado intacto. Pero intacto ya no hay nada en el PSOE. El resto de los socialistas le aceptaban la mano no vaya a regresar como Napoleón de Elba. Hernando se hizo el sordo hasta que no le quedó más remedio. Porque, un mes después, el PSOE sigue siendo un espejo roto y Pedro Sánchez un gato negro.

Yo seguí preguntándome por mi lágrima. Como si a mí en aquello me fuera algo. Rajoy de fondo, con una cadencia fúnebre. Una lágrima de aviso por si el sábado se muere el PSOE, o por si falleció el sábado anterior, qué sé yo.

Entonces recordé que un día yo también fui socialista. Fue antes de quemar todas las camisetas. Lo fui contra la guerra de Irak, por la igualdad, por la extensión y protección de derechos sociales, por la laicidad del Estado y por la defensa de la libertad. Pero ayer no había otra salida. Quizá nunca la hubo. Ni en diciembre, ni en junio, ni el sábado siquiera. La derrota era una herencia envenenada. Sánchez quiso ser Napoléon: “En política... nunca retrocedas, nunca te retractes, nunca admitas un error”. Sin saberlo, de la gestora de Javier Fernández habló una vez Mitterrand: “Hacen huelga los lunes porque suben el pan; los martes se manifiestan porque ganan poco; los miércoles protestan por la falta de libertades… Y el domingo votan a la derecha.” O se abstienen porque ya no hay más solución. Una ovación protocolaria y sobreactuada de la bancada popular me advirtió que el réquiem había terminado.

Pedro Sánchez intentará ser una última vez Napoleón desde su escaño convertido en isla. Ni él sabe siquiera si es acaso Elba o Santa Elena. Ni él sabe si tiene ejército que le siga. Entre medias, el PSOE una vez más. Después las lágrimas.

 

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