Columnismo

Que no se diga

Palabras mayores

05.01.2018 @jorgefrances 4 minutos

La edad de las palabras es una gran incógnita. A veces es fácil saber si son mayores, cuando se usan poco y lucen desgastadas. Se les empiezan a combar los palos de las tes a la vez que se apoyan con fuerza en el bastón de las pes. Mueren cuando nunca nadie las vuelve a pronunciar, las palabras se mueren de olvido. Muchas se resisten y agonizan durante décadas, pero su destino suele ser el mismo que el de los últimos ancianos que las carraspean y escriben con caligrafía ya temblorosa. Hay palabras que desaparecen con las generaciones y descansan en paz en los camposantos de la literatura y de los viejos diccionarios.

También hay palabras nuevas, que surgen vigorosas al calor de las necesidades reales o inventadas de los hablantes. Nacen de los besos de la tecnología y los escarceos lujuriosos entre idiomas. De repente, están en todas las conversaciones, en todos los libros, en las radios y en las canciones. Se creen invencibles y se repiten con su incansable juventud que no les deja adivinar que algún día serán engullidas por el hartazgo. Palabras que rejuvenecen conceptos o que denominan nuevos objetos, oficios o acciones. Letras que se unen para renombrar un momento concreto, que evolucionan al mismo ritmo de las sociedades que describen.

Desde hace años, varias instituciones culturales en el mundo eligen cada diciembre la que consideran que ha sido la palabra del año. Hasta ahora, este bonito ritual lingüístico analizaba los términos más usados y con más relevancia social de los últimos doce meses. Así se volvieron aún más famosas palabras como selfie o posverdad que alcanzaron su madurez y desde entonces hubo que guardarlas respeto. Era una suerte de lista de ventas, donde nos fijamos en las que siempre son protagonistas pero nadie presta atención. Sin embargo, y además en coincidencia, las dos instituciones más importantes que realizan esta selección han cambiado de rumbo. Han dado la espalda a las palabras mayores o de mediana edad, por mucho que se hubieran pronunciado por doquier, para apostar por nuevos valores que consideran deben estar presentes en nuestra comunicación este 2018. Es decir, han dejado de ser los Grammys para convertirse en Operación Triunfo.

De este modo, la mayoría de hispanohablantes descubrió hace unos pocos días el término aporofobia, palabra del año para la Fundéu a pesar de no habitar las conversaciones. Argumentan su decisión en la urgencia de abrir un debate público sobre su significado, el rechazo al pobre, y sus consecuencias en la sociedad. Quieren que la usemos, pero no la usaba casi nadie. Algo parecido sucede con la palabra elegida por el prestigioso Diccionario Oxford, la palabra del año para el mundo anglosajón es youthquake. Una combinación de los términos juventud y terremoto que se refiere al poder de la generación millenial. Consideran que esta generación, los nacidos entre 1982 y 2004, van a ser los protagonistas de los próximos cambios históricos que viviremos este 2018. Estos organismos, acertada o desacertadamente, están dejando de ser un jurado para tomar parte como apoderados de palabras que merecen el éxito entre los hablantes y quizá esta nueva labor resulte una auténtica osadía. El lenguaje es escurridizo, ágil y adaptable. Un ser vivo cultural salvaje e indomable, que no escucha porque solo habla, que no lee porque se escribe.

Intentar imponer palabras es robarnos la libertad de adjetivo, la conciencia de pronombre o el derecho de adverbio. Porque las palabras envejecen con nosotros, son una parte indivisible de nuestra forma de entender y dejar huella en lo que nos rodea. Son el ADN grupal, tribal, gremial, geográfico o generacional que enriquece la diversidad y ahuyenta las soledades. Prueben si no a acercarse a un adolescente y preguntarle si se lo está pasando dabuti o si le gustan los gustan los casetes. Hablen a sus abuelos de un personaje bizarro y pondrán la misma cara. Igual que para los que pasamos ya de largo los treinta las ventas son solo una plaza de toros y una estación de metro. No les permitan dejar de ser como hablan. Pero sobre todo, no olviden sus palabras aunque se les vayan cayendo los puntos de las íes y no sean tan desafiantes sus tildes. Nos han dado tanto. Son la única forma de poder encontrarnos en los recuerdos.

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