Columnismo

Que no se diga

Pegarle fuego a los libros

10.03.2017 @jorgefrances 3 minutos

Los libros son un fetichismo confesable. Una bendita perversión que como todas siempre es y será minoritaria. La lectura es uno de esos vicios prestigiosos, que se presume mucho más que se practica. Ya dijo José María Guelbenzu en el Congreso de la Lengua de Panamá que en España no quedarían más que 10.000 lectores de “alta” literatura. Menos que linces ibéricos, como apuntilla Juan Soto Ivars, que disfrutan calzándose un par de otras vidas por semana y viajando en la máquina del tiempo de las palabras, la más precisa inventada hasta el momento.

Por eso, en España, vender libros no es algo sencillo. Ni siquiera la prosa de best-seller o la palabrería de auto-ayuda reciclable. Nunca lo fue, y hasta los referentes aprendieron a prenderle fuego a sus obras para que bajaran los montones de ejemplares en las librerías. Umbral fue “a hablar de su libro” con un histórico enfado al programa Queremos saber donde una Mercedes Milá que aún quería saber, presenciaba atónita los exabruptos del genio. No era la primera vez que un escritor desarbolaba sus entendederas. Once años antes, Camilo José Cela le relataba su habilidad de “absorción de litro y medio de agua de un solo golpe por vía anal” segundos después de reconocerse “pedorro domiciliario”.

Aprendió la Milá esto de incendiar los libros para intentar que ardan las ventas. La pirotécnica de las palabras como promoción imprescindible, independientemente de lo que diga la tinta, y que sean solo las pastas duras, apoyadas en una atractiva solapa, las que aguanten el peso. Los libros se venden por títulos y titulares, como solución eficaz para quitarse de en en medio un cumpleaños o el, por cierto cercano, Día del Padre. Son uno de los adornos preferidos de las estanterías, junto al elefante de la suerte con la trompa hacia arriba y el portavelas que no conoció la cera. Y así se quedan tantos, vírgenes en los salones, añorando una biblioteca donde alguien manoseara sus páginas. Acudió Mercedes Milá a sentarse en el Chester para recomendar uno de sus libros de cabecera, La enzima prodigiosa, y quizá por no haber aprendido bien aquella lección ella ejerció de “pedorra a domicilio”. Carente del ingenio de los grandes lo suyo fue de pirómana deslenguada y faltona llamando “gordo” al bioquímico José Miguel Mulet porque no compartía las tesis de este libro de dieta milagro. No supo ni siquiera reconocer su mala educación, como al menos hizo Fernando Fernán Gómez, aunque a él sí le sobrara talento, cuando envió “¡A la mierda!” a un seguidor que le pidió un autógrafo a destiempo.

Pero es que ya no se venden libros, o es que en realidad no se vendieron nunca, y son los personajes con los que se visten los autores los que animan las ediciones. El ebrio “milenarismo” de Arrabal o el “borderío” intelectual cada semana de Pérez Reverte. El fular, el bastón o las gafas de pasta. Más allá de esos 10.000 convencidos, los libros son un relicario que incluye al personaje en nuestra biblioteca, que se enseña pero no se lee. Un santoral cultural, como estampitas que colocar en un lugar privilegiado de la casa.

Vender libros paga facturas. Facturarlo a la Historia... eso es la literatura.

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