Columnismo

Que no se diga

Piel de muñeca

02.06.2016 @jorgefrances 2 minutos

Mi abuelo tenía en sus manos el paisaje rugoso de Gredos, bien trabajadas por el tiempo y el esfuerzo. Siempre me decía que las mías, suaves y hasta delicadas, eran manos de muñeca. No sabían sufrir el frío, ni las horas de esfuerzo, ni la marca de las herramientas. Sus manos eran de una piel dura, de una España diferente.

En los últimos cuarenta años España ha mudado de piel. Decía Peridis hace unos días en la entrega de unos premios escolares que ya somos un país pensado en ciudad donde los "todos los niños son urbanitas" y resulta imposible adivinar donde viven por su forma de vestir o de expresarse. Las nuevas generaciones tenemos manos de muñeca mimadas por la formación y el progreso.

Una piel hipersensible que, como todas las transformaciones importantes, avanza lenta y silenciosa hacia otra concepción de sociedad. Lo antes incuestionable por historia o tradición ahora irrita. El peso de los siglos no evita el escozor. Un año después de la llegada a las instituciones de la política que surgió de las plazas la religión ha salido de muchas agendas. En una ciudad que respira Semana Santa como Zamora el alcalde de IU Francisco Guarido no asistió a las procesiones ni permitió el fin de semana pasado que la Virgen de la Concha entrará en el Ayuntamiento en la fiesta del Corpus como se venía haciendo desde los años cuarenta.

Un gobierno del Partido Popular, el de la Junta de Castilla y León, ha prohibido la muerte del Toro de la Vega de Tordesillas. Reconoce que la sensibilidad ha cambiado y concede una primera victoria a los animalistas que desean lancear todos los espectáculos taurinos. Como en Valladolid, donde la eliminación de las subvenciones a los empresarios dejó sin corridas la fiesta de su patrón y hará desaparecer el Museo del Toro de la ciudad. En la España del multipartidismo ingobernable los cargos públicos ya no pueden presumir del más mínimo privilegio para evitar nuevos ataques alérgicos contra la "casta" política. Utilizan a hurtadillas el coche oficial y cuando les invitan a comer siempre preguntan temerosos: "Esto no lo pagamos nosotros, ¿verdad?".

Decía también mi abuelo, en un bar ruidoso y con una nube de humo de cigarrillo sobre las cañas,  que nosotros somos la generación que tenía que terminar de cambiar este país.

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