Columnismo

Que no se diga

Por un puñado de dirhams

24.02.2017 @jorgefrances 2 minutos

Uno no ha sentido Marrakech si no se ha dejado perder en su zoco. Un laberinto de callejuelas, de recovecos imposibles, para los que no existe ningún mapa fiable. Un mundo aparte, una ciudad dentro de la ciudad, una matrioska árabe e infinita donde solo es posible guiarse por los olores de las especias y de la piel curtida. No logrará dar un paso sin ser requerido para llevarse una buena alfombra o una pequeña vasija con el milagroso aceite de Argán. En el zoco no importa cuánto esté dispuesto a pagar, lo excitante es el duelo de cifras, la capacidad para persuadir y aguantar la mirada sin sacar la mano del bolsillo.

No dudo que Montoro aprovechara el barbecho presupuestario del último año para hacerse una escapada a Marrakech y de allí haya venido entrenado para este duro regateo que sabía que se le veía encima si quiere aprobar un presupuesto con un gobierno en minoría. Ha convertido los pasillos del Congreso en las calles más perdidas de la medina donde se gritan las gangas y las calidades. Hay votos de diputado que cuestan una autovía, una central nuclear o incluso los que en la primera oferta piden un referéndum de independencia.

Rajoy y Montoro quieren comprar, y esa es la mejor baza para cualquier mercader. Hay que encaprichar al cliente, o lo mío o se volverá de vacío. En ese juego mental que es cualquier negociación, uno empieza a olvidarse de lo pactado y hasta de los amigos. Así Mariano Rajoy besa a Juan Vicente Herrera en este terruño de encinas por olivos y ofrece cerrar Garoña al PNV. Cristóbal Montoro se reúne con la antigua Convergencia, enemigos íntimos, porque la pela es la pela… ¡ay, las viejas novias!   

Ambos desean olvidar que Ciudadanos (que aunque ya nadie se acuerde, fue su socio de investidura) exigió no pactar nunca nada con partidos independentistas. Cuando la necesidad aprieta quién diría que no a la cueva de Alí Babá. Por eso Albert Rivera, también en esto, agacha la cabeza y rompe una página más de aquel acuerdo. Ya le quedan pocas, esta misma semana le vieron quemando aquella otra que recogía la dimisión inmediata de cualquier cargo investigado por corrupción. Esta política es como Marrakech. Exhuberante y teatral en su gran plaza, ante las miradas del hemiciclo, pero que serpentea en los callejones… quería decir los despachos y pasillos.

Del zoco solo te saca la paciencia y la insistencia, bien lo sabe Montoro. O un puñado de dirhams por el que cualquier niño estará encantado de devolverte, aunque no por el camino más corto, a la luz de la Plaza de Jamaa el Fna.  Pero claro, no hay presupuesto. Ni Presupuestos.

Etiquetas
Artículo anterior Artículo siguiente
Etiquetas