Columnismo

Que no se diga

¡Qué vienen los rusos!

03.11.2017 @jorgefrances 3 minutos

Los rusos eran los únicos que faltaban en el cuento chino y trasnochado de la independencia de Cataluña. La tragicomedia del procés, que por suerte para todos cada vez resulta más cómica y menos trágica, podría haber tenido también a los trols rusos como secundarios de lujo en el frente de las redes sociales. Ya lo afirmó The Washington Post en los días posteriores al 1 de octubre: “Cataluña celebró un referéndum. Rusia ganó”, sentenciaba en uno de sus editoriales. En España, El País también alertó de una sospechosa avalancha de comentarios de apoyo al separatismo catalán en cuentas relacionadas con el Kremlin y en los medios de comunicación afines al gigante ruso.

Esta semana la acusación se ha colado incluso en el Senado de los Estados Unidos. Los norteamericanos continúan con sus investigaciones en sede parlamentaria sobre la injerencia que pudo tener Rusia en las elecciones presidenciales que terminaron con Donald Trump sentado en Despacho Oval. El senador demócrata Martin Heinrich sorprendió preguntando al representante de Facebook: “¿Qué están haciendo ustedes, ahora mismo, para asegurarse de que sus plataformas no se usan de forma divisiva en todo el mundo por ejemplo de Cataluña, para debilitar a las democracias occidentales? ¿Y en particular están al corriente de lo que están haciendo allí?". A lo que el interpelado respondió que están trabajando en respuestas globales a esa amenaza, aunque miran al detalle procesos electorales concretos como el que se celebró en Cataluña.

Así que comienza a estar claro que la horda de hackers rusos bombardeó con miles de posts y de tweets esa realidad paralela de las redes sociales que da más miedo que el mundo del revés de Strangers Things. Puede que Puigdemont se refiera a esto cuando insiste en la internacionalización del conflicto. Y puede que la CUP y ERC sigan celebrando la ayuda de su añorada vieja guardia, anhelando aún una Cataluña comunista y totalitaria. Ahora deliran incluso llamando presos políticos a quienes pisotearon deliberadamente las leyes.  Los analistas internacionales consideran que la única razón del desembarco ruso en “la cloaca de las redes sociales” (como diría Manuel Vicent) es un intento más por desestabilizar las democracias occidentales, y en este caso y de añadido, reventar desde dentro la herida Unión Europea.

En la película ¡Qué vienen los rusos! de Norman Jewison un submarino soviético emerge cerca de la costa de Maine porque su capitán quiere conocer los Estados Unidos. Un afán turístico en plena Guerra Fría que provoca inmediatamente que los habitantes del lugar crean sufrir una invasión comunista. Algo parecido, una invasión catalanista,  ha sentido estos días el gobierno de Bélgica con la llegada a Bruselas de la excursión de expresidente y exconsejeros de la abortada República de Cataluña. Soflamas independentistas en el corazón de la Unión Europea y con los secesionistas de Flandes esperando turno en un café de la Grand Place. Allí donde llega el bus indepe se instala la incertidumbre.

Es un ejemplo más de por qué urge avanzar en una nueva legislación contra los ataques virtuales que están modificando más nuestra convivencia y democracia que otras grandes amenazas como el terrorismo internacional. Amparados en el anonimato, la neutralidad y la gratuidad (como reflexiona este mes Ricardo Gómez Cabaleiro en la revista Claves de razón práctica), las redes sociales son las islas refugio de los piratas del siglo XXI. Necesitamos normas para la jauría caníbal donde ya no es posible entrar con seguridad desarmado de odio y de buena información sin terminar cosiendo consignas a cualquier bandera.

El único consuelo es que España sí parece haber aguantado el ataque (y eso que los trols ganaron en el Brexit y en las presidenciales americanas). La Ley ha aguantado el golpe.  Ya no tenemos a Puigdemont sentado en su despacho del Palau de la Generalitat bajo una fotografía de sí mismo y, quien sabe, si recibiendo una llamada de Putin por el teléfono rojo oculto en el primer cajón.

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