Columnismo

Que no se diga

Regreso al pasado

01.12.2017 @jorgefrances 3 minutos

Sinceramente, no sé qué le contaría al futuro. De mí, de vosotros y del momento que nos ha tocado vivir. Si tuviera que dejar constancia en un par de cuartillas cómo es ahora el mundo para que lo pudieran entender dentro de varios siglos, no sé cómo nos describiría. Pero lo cierto es que el diálogo en elipsis, el mensaje que busca respuesta en el océano del tiempo es una constante en la historia de la humanidad. El anhelo de hablar a lo que seremos desde la mirada de lo que fuimos.

En 1777 Joaquín Mínguez, capellán de la Catedral de El Burgo de Osma, se hizo estas mismas preguntas y decidió escribirlas de su puño y letra, con esmerada caligrafía, en un breve documento destinado a la posteridad. Lo curioso es que guardó esa carta en un lugar poco común, en el interior del Cristo del Miserere, una talla de Manuel Bal que actualmente se encuentra en Sotillo de la Ribera. Relata detalles de la obra (documentos similares con información técnica, del autor o del contrato sí que habían aparecido en otras imágenes religiosas) pero añade una descripción de cómo era la vida económica y social aquel año de bien avanzado el siglo XVIII. Lo escondió en un hueco impúdico, entre las nalgas y la cruz, y consiguió engañar al tiempo en unos cientos de años. Ha sido descubierto ahora, en las labores de restauración de la talla que las últimas tres décadas ha procesionado su enigma por las calles del municipio burgalés. Qué mejor que un Cristo para intentar la trascendencia y qué mejor lugar para un secreto que a la vista de todos.

Seguro que no ocurrió así, pero me lo imagino colándose de madrugada en el taller del imaginero. La luz tamizada por el polvo y las virutas, la gubia hambrienta de volutas que hagan surgir el dolor eterno de la madera cortada en luna menguante. El capellán sigiloso, abriendo el hueco sagrado y encerrando su mensaje. Y santiguándose antes de abandonar la estancia, dudando entre santidad y vanidad. Una ceremonia íntima del cronista inesperado, como la comitiva solitaria que entierra el periódico del día con la primera piedra. Como el náufrago de cualquier playa que lanza con todas sus fuerzas a las olas su botella. Como la NASA perdiendo casetes que saludan en el universo. Espera el mensaje de vuelta sabiendo que nunca llegará. Desear imposibles es la motivación más potente para cumplir los sueños y vencer al tiempo es la conquista pendiente e irrenunciable.

Los restauradores del Cristo del Miserere han decidido que la curiosa carta se custodie en el Archivo del Arzobispado de Burgos, pero que harán una copia exacta. La esconderán en el hueco donde la dejó el capellán para que siga cumpliendo su cometido de cápsula del tiempo. Delorean al que le cantan saetas, lloran trompetas y le marchan los tambores.  Propongo incluir una respuesta que se haga conversación y lanzar nuestra botella a este abismo de los siglos que arropa el paño del crucificado. Aunque estimado señor Mínguez, en el fondo no hemos cambiado tanto. Nos abruman las mismas preguntas. No sé que le contestaría.

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