Columnismo

Que no se diga

Ritual de enero

12.01.2018 @jorgefrances 2 minutos

Nunca dejo el árbol de Navidad muerto más de un par de días después de Reyes. Me apresuro a retirar las bolas con cuidado, lo desenchufo con profundo respeto y coloco los adornos en sus cajas con precisión de médico forense levantando un cadáver. Con gesto grave lo embolso como si lo embalsamara, en un silencio espeso que contrasta con la algarabía de villancicos que acompañaron su puesta de largo allá por inicios de diciembre. Unas pocas semanas y ahora todo aquello parece dejar vacíos que jamás podrán llenarse.  Es un ritual personal necesario para afrontar el nuevo calendario. Para vencer la superchería que me susurra que es imposible avanzar con el pasado apagado y cogiendo polvo junto al televisor.  Como si uno pudiera quedar enganchado a la Navidad en la rama de su árbol de plástico, enredado a los propósitos incumplidos del año agotado igual que a veces se enmaraña en la nostalgia. Hay dos clases de hogares, los que se apresuran a quitar los adornos y belenes y los que prefieren abandonarlos al olvido durante semanas hasta humillarlos. Los retiran cuando ya molestan demasiado a la rutina. Los ignoran como si no nos hubieran visto felices.

Mi ceremonia de cada enero no termina ahí. Entierro el féretro navideño en el trastero. En el ascensor me cruzo con un vecino que me aparta la mirada queriendo escapar de mi luto. Parece que nunca antes fue Navidad, ni siquiera ayer.  De vuelta, me sitúo en el centro del salón. Me miro en los objetos, en los libros y en las pocas fotos que habitan la estancia. En la luz cálida y escasa que abriga. Comparto con Goethe la consideración de que para conocer a una persona hay que ver su casa. Todo un año ha dado de sí para deformar mi reflejo y desde hace mucho tiempo ando empeñado en que mi casa hablé tanto de mí como yo mismo. Así que ajusto cuentas dejando a la vista los últimos libros favoritos, cambio marcos de sitio y reubico regalos importantes. Me entristezco con quien se ha ganado ahora una segunda fila o una estantería más alta. Sonrío con las más recientes adquisiciones y los convertidos en clásicos que a pesar de los avatares conservan la complicidad intacta. Recuerdo y olvido.

Solo termino cuando vuelvo a verme, quizá un poco más flaco y algo más resabiado. Ligero, limpio como tras un ritual de santería. Como decía Benedetti “la vivienda no es solo un bien inmobiliario, es también una forma de consolidación espiritual”. Inspiro. Es el momento de hablarle a los ojos a este enero. ¿Y ahora qué hago contigo?

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