Columnismo

Que no se diga

Venga, el último

31.03.2017 @jorgefrances 3 minutos

“¡Solo uno más... por favor!”.

Repetíamos con las copas llenas y aguantando ya la próxima carcajada. La luz tenue mejoraba la excitante sensación de acariciar lo prohibido. El salón era un local clandestino de los Estados Unidos durante la Ley seca, con invitación y contraseña. El humo se escapaba por las ventanas, y sentados en círculo mientras alguien lanzaba uno, el resto preparaba el siguiente. Entremedias el reproche y el ultimátum roto de forma unilateral al caducarse las risas.

“Esto ahora tiene pena de cárcel”, insistía el más precavido sintiéndose delincuente, como si las paredes escucharan. Pero volvía a sonreír, con el aviso quedaba expiada la culpa mientras se servía un poco más de vino. Apenas un segundo de silencio y otro se arrancaba de nuevo.  Cada vez más negro, cada vez más ilegal.  “Venga, el último... ¿Cuál es la diferencia entre un vestuario de las Olimpiadas y otro de las Paraolimpiadas? En que uno huele a Réflex y el otro a 3 en 1”.

Reíamos con chistes de contrabando. El humor negro se ha vuelto delito y solo se puede disfrutar en confianza. De negros, de chinos, de alemanes, de franceses, de argentinos y de españoles...  porque no somos racistas. De enfermedades, de deficiencias físicas, de discapacidades, de defectos... porque somos tolerantes. De mujeres, de hombres, de infidelidades, porque no somos machistas. De tragedias, de accidentes... porque celebrar la vida también consiste en reírse de la muerte.

El humor es como la sinceridad, casi siempre molesta a alguien. El problema es que ahora todos se molestan. La hipocresía dibuja la línea de la legalidad definiendo los límites del mal gusto. Denuncian con aspavientos (y algún emoticono) lo que celebrarían a mandíbula batiente en casa. En esta sociedad de cartón piedra legisla lo subjetivo.  Algunas de las páginas más recordadas de Jonathan Swift, Samuel Beckett o Ambroce Bierce elevaron el humor negro a literatura. Pero quizá era otro tiempo, donde con la muerte más presente en lo cotidiano y la vida sin la garantía de una fecha de consumo recomendado, este tipo de humor ahora de “mal gusto” era más bien una terapia necesaria para enfrentarse con más fuerza a una realidad cruel. Hace unos meses, la revista Cognetive Procesing publicó un estudio científico de la Universidad de Viena que determinaba que las personas más inteligentes eran a las que más gracia les hacía el humor negro. Eran los más equilibrados emocionalmente y también los menos agresivos. El chiste es un requiebro del lenguaje, un giro inesperado, una historia sorprendente que desata la carcajada.  Una válvula de escape. Solo eso y todo eso. Los chistes no deberían declarar principios. Eso es mucho más serio.

Sin embargo 13 tweets en España suponen pena de cárcel, simplemente porque no tienen ni pizca de gracia.  Dice la sentencia que refuerzan la mofa sobre el asesinato de Carrero Blanco. La burla es la base del humor, incluso del más blanco, el del payaso que se cae en mitad de la pista o que resulta humillado por un untuoso tartazo. Esos 13 chistes encarcelados son malísimos (hay que reconocerlo) así que puede que lo que esté condenando la Audiencia Nacional sea el mal gusto. No han visto el tanga de leopardo que airea al viento una de mis vecinas. De cadena perpetua.

Pero baja la voz y cuéntate otro... “Venga, el último”.

Etiquetas, , ,
Artículo anterior Artículo siguiente