Día Internacional del Flamenco

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07.04.2017 @jorgefrances 2 minutos

Hoy toca volver a la vida. Sin ese cielo azul celeste tamizado del mismo sol pero que allí brilla diferente. Sin el compás de los cascos de los coches de caballos que se arrancan por bulerías. Porque los caballos en Sevilla tienen más arte que todos los guiris juntos. Sin la Giralda como atalaya de nuestros pasos. Sin Sevilla.  

Hoy ya no se desgañita una guitarra, ni nos asomamos a los patios cuajados de flores, ni apagamos el sofoco bajo los naranjos del barrio de Santa Cruz con una caña y después otra. Hoy ya no somos sevillanos, porque Sevilla te convierte a la fe de la belleza, te bautiza con los reflejos del Guadalquivir, te encuentra perdido en las callejuelas de la Judería. Te apadrina en un ceceo y un desconocido en una terraza cualquiera. 

Fue Sevilla. El último suspiro de felicidad. El último retazo de una vida malvivida en tres días de primavera, que es abril. Los templos abiertos permitían colarse en los preparativos de su fervor de cera y oro, y de plata repujada.  Todavía sin túnicas ni capirotes, pero con el murmullo crepitando a cara descubierta en cada plaza de una ciudad ansiosa por entregarse una vez más al cielo, a un cielo que de antiguo ya se rindió a Sevilla. 

Y allí soñamos. Porque la vida son esos pequeños sueños que se cuelan en la rutina. Soñamos con restaurar palacios y ver caer todos los atardeceres sobre Triana. Bailar el tiempo y vender el alma en la Plaza de España para seguir bebiendo, como venden predicciones los gitanos para seguir viviendo. Con la pasión de quien disfruta de prestado el paraíso. 

Fuimos nosotros. Con Sevilla siempre palmeando nuestro “tablao” sin flamenco, con Sevilla como teatro encalado de nuestro inolvidable encuentro. Con la nostalgia de ser mañana tan solo un recuerdo. Resucitamos tres días, más que morir resucitamos tres veces. Morir al dejar Sevilla y despedir a los amigos. 

Ayer tocó abandonar la vida.

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