Columnismo

Químicas, ingeniería, algo de eso

15.02.2016 @juanmcfarlane 5 minutos

“Si eres listo, de verdad, yo creo que deberías hacer una carrera útil, algo que ayude a la gente”. Hace unos meses escuché esta frase de boca de un universitario. Por desgracia, no es la primera vez que me encuentro con una perla del estilo. Continuamente se oye, tanto en el ámbito académico como a pie de calle (y no sé cuál me escandaliza más) que lo valioso es la ciencia y que las humanidades deberían relegarse al cajón de buenos recuerdos.

Hasta cierto punto este ideal se está consiguiendo. La opinión pública, y la política a su zaga, están salvajemente dedicadas al ensalzamiento de la utilidad, empujando a aquellas asignaturas ociosas al precipicio con la exigencia de que aporten algo o desaparezcan. No es de extrañar que en la nueva reforma educativa la Filosofía se haya vuelto opcional en Bachillerato. Es únicamente el curso normal de las cosas en el ambiente de hoy día.

Constantemente oigo decir que las artes sobran, que las humanidades valen menos, que las llamadas ciencias sociales, las letras, son inferiores. Muchos dicen que no podemos perder el tiempo en carreras para muertos de hambre, que tienen más de pasatiempo que de estudio. ¿La filosofía? Muy interesante, muy curiosa, muy incomprensible; para gente a quien le guste pensar, para aburridos.

No me malinterpreten. No deseo atacar a las ciencias, que tan buenas y útiles nos son en el día a día. Lo que quiero es alertar sobre el disparate de lo superficial y de un exceso de amor por lo técnico. No pretendo espolear la discusión infantil sobre la predominancia de ciencias o letras, sino advertir contra el cientificismo y el vacío que supone para la formación de los jóvenes. Se alaban los nuevos inventos y los métodos efectivos de hacer lo mismo que antes de forma más rápida y con menos esfuerzo al tiempo que se pintan como caricaturas de memorieta las disciplinas menos exactas. ¿Pará qué quiero saber yo esto?, he escuchado una y mil veces por parte de alumnos de todo nivel. Siempre el eterno discurso de la utilidad.

Me pregunto cuál es la causa de esta actitud tan de moda. Sospecho que la ciencia tiene algo de la erótica del poder. Permite dar respuestas breves que lo comprenden todo y que tienen la tentación de hacerle sentir a uno pagado de sí mismo. Los números nos dejan etiquetarnos, darnos un puesto en una lista, establecer fácilmente un ranking de quién vale más y quién menos; saberse, en fin, en una torre de autosatisfacción, protegido por las cifras que lo corroboran. No importa que a veces los números mientan, no tanto por falsos como por incompletos.

El origen de esta situación, sin embargo, no responde a un ideal extendido de progreso y racionalidad. Es sólo, por más que duela, el reflejo de una actitud inmadura que predomina en la calle: la de la simplificación forzada. Todo tiene que ser útil y sencillo y tiene que serlo ahora. Nos bombardean a cada paso los mensajes cortos y carentes de fondo (La vida es chula), el ocio instantáneo y barato, la despreocupación por la profundidad de los temas más complicados y esenciales, las soluciones precocinadas para problemas históricos o sociales. Las respuestas son concisas; la televisión, repetitiva en su búsqueda de la epopeya en cualquier cuestión cotidiana. Las discusiones llevan a dos sordos dándose voces como verduleros. Las emociones se venden en lata, enmarcadas en la imagen compartida en una red social o dirigidas como una orquesta por la música de fondo del programa en cuestión.

Todo parece tan sencillo que asumir que la complejidad existe y que tiene su importancia es una bofetada a nuestra cultura de masas, demasiado pendiente del móvil como para pararse a reflexionar. El conocimiento ha quedado reducido a una retahíla de datos que podemos descargar en cualquier momento y que no merece la pena memorizar siquiera. Quizá el hombre actual ya no está hecho para pensar por sí solo, más allá del estrecho cuadro que le presentan. Probablemente lo que le falta es interés.

Vivimos en la época de lo útil, lo eficiente, lo técnico, lo que nos llevará más lejos, más rápido, aunque no se sabe bien a dónde. Es la época de admirar los medios sin pensar en el fin, de recrearse en todo aquello que nos dará un rédito económico, independientemente de su valor real o de si se trata de algo que merece la pena. Existe una fuerte distorsión entre lo que sirve y lo que vale: enseñar Filosofía quizá no tenga utilidad para colocarse en el mundo laboral en una perspectiva de cinco años, pero sí tiene un valor incontestable, intrínseco y permanente para el desarrollo personal.

Hay quien se ofende al ver que las artes y las ciencias conviven en los mismos espacios. Hay quien se hincha de orgullo por conocer más detalles técnicos sobre el rozamiento del aire o la curvatura de lanzamiento de un cohete y exhibe una sonrisa socarrona al que conoce a los autores clásicos. Como si fueran a saber algo, pensarán. Y, lo que considero más grave, hay quienes se doblegan ante esta autoridad moral de cientificismo, desdeñando las palabras de los que no son capaces, por la naturaleza de lo que dicen, de expresarlo de una vez en una definición cerrada o en una ecuación. Y es que las grandes preguntas rara vez tienen una respuesta fácil, corta o definitiva; pero no por ello debemos, ni desde las instituciones ni como sociedad, darles la espalda y meter la cabeza bajo tierra como los avestruces.

Vivimos en la cultura de la incultura, en la que se promueve todo lo práctico y se dejan esos conocimientos para los locos que, por desgracias de la vida, poca valía personal o simple falta de cordura, decidan dedicarse a ello. En la que un profesor de Química se reirá por dentro al ver a uno de Lingüística, de Historia, de Literatura.

Las cosas valiosas, como la cultura, no son útiles porque no sirven para alcanzar nada: son bienes a los que se aspira por su propio peso. No podemos erosionar la educación hasta degradarla a una especie de manual del usuario, porque la vida es algo más que el éxito económico o la superación de nuevos récords. Lean el Quijote y habrán aprendido más que en una clase de Física.

Sean responsables, por favor. No se despojen a sí mismos de lo que son. No les den a sus hijos una educación tullida. Sean racionales, pero animales racionales: personas.

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