Columnismo

Quince años después, Marine

28.04.2017 @alvarolario 4 minutos

Marine Le Pen ha decidido apartarse, de manera temporal y simbólica, de la presidencia del Frente Nacional. El cargo quedó en manos de Jean-François Jalkh, relevado este mismo viernes tras la difusión de una publicación donde se señalaba como negacionista del Holocausto, y ella ha comenzado a presentarse en las entrevistas como la candidata “apoyada por el Frente Nacional”, pero no del mismo. Corría el año 2002 cuando otro negacionista, su padre Jean-Marie, consiguió situar al partido de ultraderecha en segunda vuelta de unas presidenciales francesas gracias a la debacle del Partido Socialista y al incremento de la abstención. En esta segunda vuelta una gran movilización (la participación aumentó hasta ocho puntos porcentuales) en torno a su rival, el conservador Jacques Chirac, frenó las aspiraciones del lepenista, que apenas obtuvo el 18% de los votos frente al 82% de Chirac. El entonces ministro socialista Jean-Luc Mélenchon había hecho un llamamiento a la ciudadanía progresista para que votase “con guantes, con pinzas o con lo que quisiera” pero votase con fuerza contra Jean-Marie Le Pen. Eran tiempos en los que, a diferencia de ahora, los dirigentes de izquierdas no necesitaban un mandato explícito de la militancia para ejercer el liderazgo y responsabilidad que les correspondía cuando el fascismo asomaba las orejas.

Han pasado quince años y hoy Jean-Luc no es el mismo Jean-Luc que en 2002, como tampoco Marine es Jean-Marie. La abogada de cuarenta y ocho años puede presumir de haber conducido al Frente Nacional a sus mejores resultados históricos y de haberlo convertirlo en un vehículo competitivo para ganar elecciones, como demostró en las últimas europeas, sirviéndose no sólo de una amplia base tradicional y fiel de votantes sino también de los nuevos perdedores de la globalización. Su programa, aunque profundamente conservador en lo social, proteccionista en lo económico y escoltado por un discurso con tintes xenófobos, no es el de Jean-Marie. Asesinado (políticamente) el padre, Marine ha logrado desterrar el estigma asociado a su formación, que en los sondeos ya no almacena voto oculto porque apoyar a la ultraderecha equivale a comprometerse con el bienestar y la seguridad de la nación, y cuyas propuestas reaccionarias han dotado de significado el líquido significante de patriotismo. El electorado sabe ubicar a Le Pen en el extremo de la escala ideológica que se extiende de izquierda a derecha, pero la batalla ha cambiado de escenario y la confrontación se juega entre nacionalismo y globalismo.

Sin embargo, la espiral populista que alcanzó su máxima expresión con la victoria de Trump al otro lado del océano parece haber llegado a un punto de inflexión. En los ojos vidriosos de Marine se reconoce el fulgor de quien ansía el poder y nunca antes estuvo tan cerca de tocarlo con la punta de los dedos, pero también el sentimiento agridulce de una líder obligada a moderar sus expectativas. Su periplo hacia la presidencia no se asemeja tanto al del magnate estadounidense como al de Geert Wilders, el ultraderechista holandés que tras meses encabezando encuestas de intención de voto y gozando de una atención mediática desmesurada tuvo que conformarse, al igual que Le Pen en la primera vuelta, con una disputada segunda plaza cuando las urnas se abrieron. Marine ha reportado a su organización el récord de los siete millones y medio de votantes, pero el Frente Nacional ha perdido peso en el sistema de partidos respecto a convocatorias previas: 25% en europeas de 2014, 28% en regionales de 2015 y 21% en presidenciales de 2017. En las anteriores elecciones del mismo rango, celebradas en 2012, obtuvo seis millones y medio y solamente tres puntos porcentuales menos (18%) sin los efectos de una macrooperación cosmética y de la amenaza palpable de terrorismo que alimenta su pedagogía del odio.

Por todos estos indicios, y salvo que algún suceso extraordinario altere la agenda informativa en la próxima semana, el país galo se prepara para asistir a otra derrota presidencial de la familia Le Pen en urnas, a pesar de que ni el apellido ni las siglas figuran en el último cartel electoral de Marine. La probable victoria de Emmanuel Macron, alentada por unas encuestas que supieron predecir con precisión los resultados de la primera vuelta, se dibuja como balón de oxígeno que los europeístas debemos rentabilizar. El auge de los populistas se contendrá, sus demandas podrán verse difuminadas, pero la amenaza seguirá latente mientras no exista una agenda social exigente que combata la creciente desigualdad en Francia y los problemas de integración. El desafío de Macron pasa por materializar su defensa de la democracia liberal y el pluralismo en políticas públicas ambiciosas que rescaten a esos sectores a los que la globalización ha dejado atrás, así como por reformar un sistema que lo respalda sin echarlo abajo y articular respuestas para quienes las requieren ante un nuevo mercado cultural, laboral y económico que no alcanzan a comprender. Se trata de una gran oportunidad y no sabemos si de la última.

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