Columnismo

Recuerda que es primavera

25.03.2017 @santiago_mruiz 3 minutos

Gris. El gris del cielo y del puerto bajo la lluvia que todavía no cae. Es un día normal que deja intuir la primavera por la temperatura del ambiente, pero arriba las nubes eclipsan la gran estrella. Málaga pasea tranquila por el muelle. Las parejas van de la mano y suena una guitarra lejana. Hay algo que oculta al puerto, al mar y al ambiente; son los teléfonos que todos abrazan sin levantar la cabeza y sin valorar lo que tienen ante sí. Esas pantallas que aparentan albergar el mundo y muchas veces no poseen nada, no pueden poseer un atardecer, la alegría del mar o los azahares que ahora salen de los naranjos. Todos los que pasean, solos o acompañados, los manipulan y se pierden el momento que habitan, ese puerto y ese mar, y esa tarde que termina.

Aunque gris, era una tarde bonita que nadie se había parado en admirar, salvo unas chicas que se situaban sobre uno de los primeros bancos que hay al entrar. Ellas pintaban y dibujaban; eran cuatro y, de las formas más curiosas, mantenían diversas posturas para estar más cómodas al dibujar, una encorvada, que apoyaba la libreta sobre el banco, otra con la pierna cruzada y pegada a su bloc, con el cuello levemente inclinado, la tercera de igual modo que la anterior, ésta tenía las puntas del pelo verde y miraba fijamente su dibujo y, al instante, el infinito; la cuarta tenía una pose meditativa. En la cuartilla de la primera chica se intuían unos colores azules y grisáceos. Sólo pude imaginar que se trataba del puerto y de la tarde plomiza que había.

Ya en el paso de peatones, el tiempo que resta para que se ponga verde son sesenta y cuatro segundos, la gente sigue absorta en sus pensamientos, entretanto empieza a chispear, el gentío se pone nervioso, muchos miran a los lados; no viene nadie, cruzan. Los otros aún esperan. Veinticinco. Gracias al parque cercano se huele el petricor. Todos se aceleran. Los que lo tienen sacan el paraguas, los que no, aún más nerviosos se ponen. Málaga se acelera con la lluvia, nadie ha respirado hondo, nadie admira la ciudad, los edificios, ni siquiera a las personas que tiene al lado. La lluvia sigue cayendo con algo más de fuerza, mas sigue siendo débil, la agitación es directamente proporcional. Los transeúntes de la calle Molina Lario van desapareciendo, se ve gente corriendo; nadie respira hondo.

Casi es primavera y en el momento en el que la calle está casi vacía unos rayos de sol la invaden, los últimos del día. Aquel momento sólo lo disfrutamos unos pocos que allí nos encontramos, el vendedor de cupones de lotería, que mira al cielo y grita «¡Esto no es lluvia, ahora va a parar!», un anciano que está sentado en un banco y mira al cielo, obnubilado mientras le caen las gotas de agua, lleva un traje azul y zapatos marrones, no se mueve en absoluto, nada, sólo mira al cielo mientras se sujeta la boina, y luego estoy yo; los demás huyeron de cuatro gotas de agua, con sus teléfonos móviles. El horizonte se quebraba calle abajo. Podía decir que esta tarde era mía, nuestra, de los que respiraron hondo un momento y vieron caer la lluvia, a los que les dieron, unos instantes, el último suspiro que le queda al día, y vino a morir.

Los azahares ya han florecido, las nubes no pueden con el sol.

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