Columnismo

Respiren hondo

14.03.2016 @juanmcfarlane 5 minutos

No vengo a hablar de política. En gran parte porque me aburre. Es muy necesaria, no lo niego, y básica para estructurar una sociedad civilizada. Pero no me apasiona, y creo que pasión es justamente lo que sobra y lo único que he visto en estos meses.

He leído muchas opiniones, muchos análisis y reflexiones, y a la única conclusión calmada a la que he llegado es que tampoco pasa gran cosa. Es cierto que las Cortes han variado su composición, pero el gran cambio anunciado como agua de mayo no ha llegado a nuestras puertas. La vida sigue, cada cual a su avío. No me sorprende.

No quiero hablar de política, sino de personas. De votantes y de políticos, que también lo son. Lo que más me llama la atención de todos los corrillos que se han formado en este tiempo es que nada ha cambiado sustancialmente en las actitudes. Al igual que antes, cada uno arrastra su discurso, todos convencidos de poseer la fórmula mágica para salvar al país de lo que sea que lo amenace. Quizá sea el eterno atributo de la política esa capacidad de mitificarlo todo. No quisiera decepcionar a nadie, pero me da la sensación de que poco o nada de lo que se habla es real. Ni estamos bajo la sombra que proyectan las alas del águila de san Juan ni a las puertas de la revolución chavista. Por suerte, sí que estamos en un sistema que permite a cada lado y a todos los del medio contar su versión.

El problema  es que el discurso tremendo que oigo por parte de políticos y sobre todo votantes es irremediablemente iluso. Los partidos no pueden permitirse traicionar a su gente y hacer pactos con el demonio, que, como los monstruos de la infancia, toma una forma distinta según el terror de cada cual. Quizá olvidan que la esencia de la democracia representativa es que los electores confían en alguien para tomar decisiones. Para idealistas ya están los votantes, que a fin de cuentas pueden permitirse soñar de puertas para adentro. Los representantes, amén de sus preferencias, tienen que lidiar de alguna manera con la situación.

Es posible que el problema se halle en la propia ciudadanía, que sorprendentemente se siente traicionada en muchos casos por las tímidas tentativas de pacto. El elector medio quiere que su partido gobierne a solas e imponga la visión que mejor le parece a él. Todos los demás, los enemigos, quieren mantener a España en la ruina, o llevarla hacia el fin, o simplemente ganar la presidencia a toda costa. Esta actitud es un sinsentido que nos lleva al callejón sin salida.

El Congreso está dividido. No es el fin del mundo, sino la consecuencia de que haya votado una sociedad con gran diversidad de opiniones. Esto no es ni mejor ni peor que un amplio consenso ciudadano; lo único que podemos decir a ciencia cierta es que es lo que hay. Y en política hay que ser realista. Los votantes no podemos pretender que los políticos no hablen entre sí, menos aún cuando ninguna fuerza puede gobernar en soledad. El Parlamento es un órgano de deliberación, donde se debate, se explica y sobre todo se escucha. El empecinamiento del votante sólo produce políticos esquizofrénicos, divididos entre la necesidad de actuar y la gran tentación de convertir la Cámara en una guardería de bebés que agitan el sonajero para ver quién los escucha llorar, incapaces de salir de ellos mismos.

Sigo con la misma lejanía relativa la política nacional y la británica y puedo decir que la diferencia es palpable. Aunque odiemos las comparaciones, es evidente que allí son más calmados, más sensatos y menos sensacionalistas; en definitiva, se trata de un sistema asentado del que podríamos aprender mucho. La democracia española es joven y le queda mucho por crecer. Necesita una ciudadanía activa y crítica, que pregunte, indague, pida explicaciones, transparencia, responsabilidad. Pero no una que, irreflexivamente y casi por afinidad tradicional, prohíba al político vivir con los pies en el suelo, porque está sujeto por unos números y unos problemas muy concretos. Puede ser que en las campañas se haya prometido gratis porque el afiliado pidiera muy caro.

Últimamente oigo mucho aquello del espíritu de la Transición. Animo a que todos volvamos a estudiar esa lección magistral de realismo. Unos tuvieron que aceptar la monarquía; otros, la descentralización autonómica; los de más allá, el sufragio universal, los derechos forales o el Concordato. La diversidad era enorme, pero se hizo un esfuerzo conjunto por ceder en lo propio para llevar a algo mejor para todos.

El bipartidismo ha caído. Ya no gobernarán mayorías alternantes que se permitan desoír a los demás. Ahora más que nunca hay que poner en común las distintas opiniones para crear algún acuerdo. Que a nadie le va a satisfacer al completo ya lo sabemos de antemano. A algunos les parecerá mucho y a otros, muy poco.  Pero ahí reside la grandeza de la democracia, en la capacidad para hablar con el que no piensa igual y tomarle en serio en la búsqueda de algo constructivo. Desde luego no se creó un Parlamento para chulearse de quién tiene más corruptos entre sus filas, demonizar a uno y otro bando con la eterna negativa o pelearse por ver quién es la alternativa real. Eso es un patio de recreo que se burla del 78.

Estoy convencido de que poco a poco nos iremos acostumbrando, a nuestro ritmo español desacompasado. Quizá en algunos años los políticos no tengan que mentir, diciendo que no van a pactar, porque los votantes ya no les exijan el autismo autocomplaciente.

No se escandalicen al ver que los grupos se van acercando lentamente. Escandalícense por el parlamento colgado. Échense las manos a la cabeza por los casos de corrupción o por la abundancia de decretos-leyes. Indígnense porque los políticos no hablan, no discuten y no se escuchan, pero no porque el partido que hayan apoyado en diciembre esté haciendo lo que pueda con lo que tiene. O no estarán entendiendo la democracia.

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