Columnismo

Sobre ideales y realidades (I)

12.10.2016 @santiago_mruiz 3 minutos

De los jóvenes se dice que son utópicos, idealistas o soñadores y que, por tanto, lo que ansían es irrealizable. Pero a lo largo de la historia los soñadores y los que persiguieron sus utopías son los que cambiaron el mundo y, lo más importante, los que cambiaron el suyo.

Nombres como Churchill, Dalí o Hemingway se marcaron unos objetivos y, con mayor o menor acierto, los consiguieron y revolucionaron sus mundos. Se encontraron con dificultades, caídas y tropiezos; y, aún así, siguieron fieles a sus ideas y convicciones. Pero no hace falta ser ninguno de ellos para cambiar el propio mundo.

Otras veces, esas ideas no se convierten en realidad o si lo hacen, no es de la forma que se esperaba. Ideas que, cuando lo eran, cambiarían el mundo, lo mejorarían. Pero no siempre es así, revoluciones que fracasaron o que, en lugar de crear libertad, crearon dictaduras. Pero la impronta de los ideales —ese primer paso tan difícil— sigue ahí, ese concepto que hizo soñar a muchos. El tiempo no puede con ellos, ni las cárceles. Se puede encerrar a un hombre, pero no a una idea.

El primer golpe en la lucha de la vida empieza en el cerebro y se lleva en el alma o en la psiqué —como quieran llamarlo—. Esa primera chispa nace en los confines del ser humano, una vorágine que enciende el motor del cuerpo y hace que sólo se tenga en mente esa necesidad de luchar por la convicción. No importa que todo el mundo diga que una persona está equivocada, no importa nadar a contracorriente. Es en ese momento en el que uno decide si doblegarse o seguir pugnando por lo que le pertenece y demostrar que una sola persona es capaz de demostrar que muchos se equivocan ¿Qué sería de nuestra especie sin ideales? De ellos dependen el progreso y, lo más importante, frenar los abusos de los poderes fácticos. Muchas veces la «realidad» tumbará estos ideales y a los que los defienden, pero es entonces, y sólo entonces, cuando los que llevaban ese estandarte de pasión y fe revelan la verdadera creencia en ellos, una fe que se vuelve insondable para los que no lo entienden, para los que no están dispuestos a decir «esta boca es mía».

Muchas personas han muerto por ellos para que se frivolicen y banalicen o, aún peor, no se les dé importancia o caigan en el olvido; cada uno decide dónde está el límite. Las convicciones son capaces de llevar a más de uno al paredón, mas son capaces de llevar, también, a un hombre al éxito.

Quienes son fieles a sus ideales, son fieles a ellos mismos. Son luchadores natos que asumen sus responsabilidades, saben las consecuencias a las que se enfrentan y conocen lo que supondría su «fracaso», aquellos «te lo dije», «era imposible» y demás aluvión de críticas. El ideal es un arma de doble filo, pero la «realidad» es más aburrida.

Ese amanecer que ven muchos tras una noche de lluvias es siempre un dulce aliciente para seguir combatiendo los nubarrones que cubren el sol. No es fácil pero, al fin y al cabo, se trata de elegir entre nadar a contracorriente, con todo lo que ello conlleva o ser una gota de agua más en un océano. Es una forma de ver la vida y de cultivarla aunque es recomendable cuestionarlos de vez en cuando, pues nada es inmutable y absoluto. El ideal no ha de incurrir en dogmatismo estúpido. La creencia de poseer la verdad es una sandez incalculable, nadie la tiene —pero ese es otro tema—, el fin último de las utopías es el de mejorar el entorno que nos rodea, arrojar algo de luz, por muy pequeña que sea, como la de una luciérnaga que, aun siendo pequeña, animan las noches de verano en el lóbrego campo.

 En la realidad hay más de cien motivos por los que encender el fuego del alma.

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