Columnismo

Sobre ideales y realidades (II)

29.10.2016 @santiago_mruiz 4 minutos

París, 14 de julio de 1789. Los parisienses se alzan en contra de lo que se conoce como Antiguo Régimen. Todo tiene un límite. Ellos lo sabían. Luis XVI y la mayor parte de su corte no. Es el fin de l'État, c'est moi. Es hora de que las ideas se transformen en realidad. Que bajen del plano de lo metafísico y se posen delicadamente en la tierra de lo que llamamos realidad —como si el mundo de las ideas no lo fuera—. L'Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers ha funcionado, la mentalidad de las personas está cambiando. Las páginas de ese libro han traído en forma de letras nuevas ideas, razones, ciencia, ha traído ilustración —la cultura de verdad—. El hambre y la miseria de los franceses ayudaron mucho, la causa ideológica y/o filosófica no fue la mayor de todas pero su papel fue vital para la concepción de la nueva era y del legado filosófico que dejó.

Los que definieron y guiaron la revolución sí tenían una fuerte concepción filosófica sobre ella, perseguían un ideal. Éste estaba basado en Rousseau, Voltaire, Montesquieu o Diderot. Los libros habían abierto mentes, habían traspasado el mundo real, nacían en la razón, en ese mundo subjetivo, propio de cada uno, particular y misterioso, para pasar en forma de tinta sobre el papel, de nuevo a la mente, al mundo de las ideas, donde le corresponde estar. Hasta el 14 de julio esas ideas se fraguaban en las cabezas de Danton, Desmoulins, Robespierre y Marat. Los dos primeros lucharon por mejorar la situación de los ciudadanos y sus derechos —con mayor o menor acierto—, los segundo, se encargaron de pasar por la guillotina a franceses como si fueran conejos. Los cuatros habían tenido ideas similares, la diferencia radicó en cómo las llevaron a la práctica, su interpretación. La degeneración de las ideas es inevitable, es fácil que se perviertan. Durante el periodo del Terror mataron entre 35 mil y 40 mil personas —como afirma José Luis Comellas en el tomo X de Historia Universal de Eunsa—, pero aún fue peor con la Ley de Sospecha, promulgada por Robespierre, que simplificaba los trámites de ejecución, prohibía la intervención de abogados defensores y la única condena posible era la capital ¿Era eso la revolución? ¿A eso se redujo el Liberté, égalité, fraternité? ¿Dónde estaban la libertad, la igualdad y la fraternidad? Robespierre, Marat y muchos más destruyeron, con sus actos, ese noble, nobilísimo lema.

Ese lema está tan degradado por todos que han hecho de él un elemento propagandístico y vacío. Muchos estados, políticos y personas de diversa índole se han arrogado la potestad de usarlo y desprestigiarlo, cuando no les pertenece a ellos.

La consigna nació en el Club de los Cordeleros, también llamada Sociedad de Amigos de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fundada el 27 de abril de 1790, cercana al pueblo, a los individuos y, también, a las ideas. Desmoulins, usó ese rezo lleno de esperanza en su periódico Les révolutions de France et de Brabant. La divisa nacía con un sentido verdadero y noble. La esperanza reinaba por corredores del club, en derredor de la fuente central.

Se veía el amanecer al final del absolutismo, un mundo —una Francia, libre, igualitaria y fraternal— que sería el ejemplo perfecto para el resto de los individuos para construir una nación. Parte de los miembros de ese club sólo pretendía hacer un mundo mejor, incluso se podría decir que los jacobinos también —al principio—, pero al final, la división, el rencor y el odio pudo con ese grupo de hombres que infundían alivio y esperanza para su pueblo, para la gente que creyó en ellos. Su legado siempre quedará manchado, sus ideas seguirán vivas, con la misma divisa, llenas de esperanza, llenas de vida. Desmoulins lo sabía, Danton también, su facción era conocida por el nombre de «los indulgentes», ni siquiera querían la muerte del rey, fueron los primeros en denunciar el Terror de Robespierre, esa destrucción de su lema, de la libertad que guio al pueblo, su muerte. El periódico no pudo con el nuevo dictador. De nuevo, inquina y rabia tergiversaron unos ideales que surgieron en la mente y en los libros de unos hombres buenos. Los poderes fácticos —la división de poderes no los venció— dominaron durante unos años una nación que volvía al despotismo en forma de república; se olvidaron del significado de Liberté, égalité, fraternité, lo traicionaron.

París, Plaza de la Revolución, 5 de abril de 1794, las cabezas de Danton y Desmoulins ruedan por el suelo. La guillotina ha hecho un trabajo excelente. Robespierre cree que ha acabado con la competencia y con los que no piensan como él. No sabe que las ideas no se pueden destruir.

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