Columnismo

Sobre pañales, asesinatos e ideas

06.04.2018 @RubenKaki 3 minutos

Me despido de mi madre a la entrada de una puerta metálica. Sus lágrimas de añoranza no son capaces de permear mi único y más preciado objetivo: recorrer EEUU de punta a punta. ¿Qué por qué? Para demostrar mi valor. Además, no me echaré atrás. Ya firmé un contrato en el que aceptaba que si bajaba mi velocidad de 6’5 km/h y me daban tres avisos… Bueno, el cuarto vendría en forma de bala. Simpáticos señores con ametralladoras cargadas me sonreían como un buitre mira a una presa herida. Miré a mis piernas –cómo me falléis voy a bailar por el valle de la muerte como Tomasa bailaba en el barrio de la Timba- pensé.

Ni siquiera pude llegar a comprender que clase de gasolina mental estimulaba los gemelos de los restantes 99 participantes. Putos locos. ¿Y yo? Yo era otro puto loco, que ni siquiera se había planteado lo que significaba morir. Ni para mi, ni para mi madre, que con sus ojos avellana contempló con mirada vidriosa como su hijo avanzaba hacia el corredor de la muerte. Un corredor condenado. Esa fue su última frase antes de romper a llorar.

Y en medio de la maraña de deportistas, mareos, de pompas en los pies y olor a sangre seca me hice la pregunta: ¿Qué sentido tiene todo esto? Ni mi orgullo ni las ovaciones de la gente en la calle, que me vitoreaban por hacer lo que era correcto, calmaba el dolor: la intensa punzada que traspasaba mi alma con cada paso.  Lo había dejado todo atrás.

Lo último que os puedo revelar de toda esta aventura macabra fueron los rostros horrorizados de mis compañeros. Mis dientes sobre la acera. Jadeos intermitentes que se mezclaban con el sudor y el polvo que resbalaba hacia el suelo y de pronto. PUM. Todo acabó. El sueño de un corredor que se quedó a 6 KM de la entrada se desvaneció con el estrepitoso ruido del plomo.

Stephen King –del cual me he servido- ya dilucidaba la gilipollez humana. ¿Eh tío, que tal si hacemos un recorrido imposible, y si además nos apostamos nuestra vida? ¿Eh, eh? ¿A qué no eres capaz? Diosito. Esa frase ha hecho más daño que la pizza con piña a la nutrición de los fofisanos. Leía que los niños son filósofos en potencia. Debajo de los pañales, justo entre la pestilencia a diarrea de potito y sus pequeños genitales no desarrollados, ahí y solo ahí se esconde una fuente inconmensurable de preguntas no respondidas.

¿Papá, que qué sentido tiene la vida si vamos a morir? ¿Mamá, como puedes creer en un Dios que no ves? O la que a mi me rompió: ¿Primo, tu hasta donde te lavas la cara? (Sí, soy calvo) Y es en ese justo momento fue donde la neurona me hizo plof. Solo balbuceé palabras vacías. Buscaba la complicidad de aquel infante que parecía mirarme como cuando su profesora le daba matemáticas bilingües.

Y ocurre lo de siempre. Callamos a niños cuando esto ocurre y creamos adultos reprimidos: incapaces de expresar lo que sienten, incapaces de saber ni qué sienten. Quería utilizar mi primera columna para dar un golpe de atención. Reivindicar que la filosofía y la inteligencia emocional se debe fomentar desde pequeños, en las escuelas y en los hogares. Que si un niñ@ te pregunta, tu le repreguntes y le estrujes su diminuta neurona –que en ocasiones ya supera al de un adulto, obrero y votante de derechas-

Preguntando y preguntándonos. Esa es la única manera de no vernos inmersos en una marcha hacia el fracaso y la decepción. Plantéate preguntas antes de que tu boca jadee sudor, dolor y desesperanza encima de una acera o de una oficina.

Soy Rubén Fernández, y esto solo acaba de comenzar.

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