Columnismo

Spanish Pie

25.02.2016 @GuilleGranero8 4 minutos

No se engañen, ¿acaso cualquier joven de la media no espera con fervor al fin de semana para desconectar un poco de esa ardua rutina que impregna nuestra vida laboral o estudiantil? Aquella que, en mayor o menor medida, nos ahoga con sus obligaciones y preocupaciones a las que nos tiene sometidos de forma constante.

Unos más que otros, desde luego. Aquellos más saludables, o los no dotados de una cualidad innata de apertura a las relaciones sociales, abogan por utilizar tales días para practicar deporte, estar junto a la familia o salir a despejar la mente tras unos intensos días de trabajo; los estudiantes, en cambio, por la asimilación de múltiples conocimientos durante los días previos. Por otro lado, hay quienes prefieren utilizar la noche como refugio ante esa vida saliendo a cenar y tomarte una copa. Una copa, dos, tres y las que haga falta. Dejémonos de no realismos: usted y yo somos así, o en cierto modo, parecidos.

Sin más dilación, y tras la elaboración de un planteamiento y programación de esa madrugada, uno procede a acicalarse como si le fuera la vida en ello. Las mejores galas que copan nuestro armario salen a relucir las horas posteriores al crepúsculo y, aunque lo más probable es que a altas horas de la madrugada acaben impregnadas de manchas de yo que sé qué, da lo mismo. Y venga, corre. La cultura del alcohol que ha arremetido contra nuestra sociedad nos coacciona a consumir rauda y velozmente titánicas cantidades de etanol en forma de ginebra y vodka cuyos precios en el supermercado de la esquina no llegan a exceder los 5 euros.

Es normal, no queremos, no nos gusta gastar demasiado dinero en noches así. Es por ello que aquellos bares donde la clientela está compuesta por jóvenes que difícilmente disponen en su cartera de más allá de un billete y unas cuantas monedas sueltas, aprovechan esta búsqueda de lo más barato para conseguir los mayores ingresos posibles sin tener en cuenta lo que vayas a hacer, o dejar de hacer, al salir por sus puertas. Aquí comienza a gestarse una de las bases de la actividad comercial nocturna propia de la actualidad: nos ofrecen un ‘’suculento’’ y económico manjar en un vaso de plástico que permite que estemos a la mañana siguiente en calidad para mentirnos a nosotros mismos con el ya mítico “no vuelvo a beber en mi vida”.

Porque sí. Esto es un negocio más. Un negocio que gira en torno al matarratas que circula por nuestro esófago en cada trago. No obstante, por todos es sabido que un mercado tan diverso y poderoso no puede ser potencialmente sustanciado gracias a un solo producto. Entre muchos otros, existe uno más poderoso e influyente que ninguno. Algo que, solo con su presencia, es capaz de marcar las pautas de cualquier diseño empresarial de aquellos antros.

Los relaciones públicas de discotecas y pubs, que podemos encontrar en los puntos de mayor tránsito de personas en las zonas de vida nocturna —y  a los que nos vemos obligados a esquivarlos uno a uno como si de un campo de minas se tratara— se sitúan como forjadores directos de este preciado artículo gracias a una simple frase: ‘’chicas, esta noche entrada gratis con copa sólo para vosotras’’. Señoras, señoritas (califíquese usted misma cuanto más guste), por todos es sabido que usan vuestra imagen y condición sexual de cara al exterior como una simple mercancía más para su propio beneficio. Aunque quiera usted negarse a aceptar esta realidad, admítalo: la verdad, en esta ocasión, duele.

Como buitres nocturnos, los que se hacen llamar ‘’empresarios de la noche’’ deciden sacar tajada a un par de buenos escotes que a otras necesidades. Su intención no es mayor que la de transformar las ansias de hormonados jóvenes por encontrar una falda a la que arrimarse en recursos productivos que les permitan ganar más y más dinero. Yo les pregunto, ¿y por qué no probar a mejorar otros aspectos, como seguridad, equipamiento técnico, calidad de las consumiciones o promover y dar oportunidad a nuevos pinchadiscos a los que les atrae poner música más variada al mando de unos platos? Con sinceridad, muchos estamos hartos de escuchar noche sí y noche también esos incesantes ritmos latinos que abarcan temas de amor discurriendo desde la añoranza hasta las creencias del ‘’cantautor’’, si se le puede denominar así, sobre lo que hace esa mujer en su santa intimidad en lo que él mismo denomina como fanatismo de lo sensual.

‘’¿Y qué más da?’’ dirán algunos tras tanta palabrería aquí soltada. Cierto es pensar que somos jóvenes y que, constantemente, estamos descubriendo este complejo mundo atenuándonos a las posibles consecuencias que pueden acarrear nuestros actos. No propongo mis propias soluciones, eso es algo que debe salir de todos y cada uno de nosotros, pero creo que deberíamos reflexionar sobre la senda que hemos tomado bajo supervisión de aquellos ‘’pastores nocturnos’’ que nos tratan como a su rebaño. Pastores que, más que buscar lo mejor para sus cabras, prefieren hacerlo con ellos mismos.

Etiquetas,
Artículo anterior Artículo siguiente
Etiquetas,