Columnismo

Surco de letras

Adrián

11.10.2016 @toniiasenjo 2 minutos

El mundo del toro se congregó este domingo en Valencia para lidiar, junto con Adrián, una de las faenas más comprometidas, de las que no gusta ver, aquellas que cualquier aficionado quisiera evitar, las que no son cumbre con cuatro o cinco tandas bien ligadas y una estocada al encuentro. El motivo para reunirse en la capital de la pólvora no fue otro que recaudar fondos para destinarlos a la Fundación de Oncohematología Infantil del Hospital Niño Jesús de Madrid, expresar así uno de esos valores que componen el mundo del toro: la solidaridad.

Y allí se dispuso Adrián, montera para la ocasión y capote en mano, para realizar el paseíllo con quienes tuvieron el detalle de participar en el evento. Lo de menos fue el resultado, era secundario. La batalla, por una vez, estaba en los tendidos, 6.000 almas implicadas en una misma causa: la lucha contra el cáncer infantil. Entonces aparecieron los de siempre para poner el punto de cobardía, siempre escondidos en un perfil. Hablo de los antitaurinos que no tuvieron reparo alguno en desear la muerte de un chaval con ocho años, un ser humano. Lo hicieron porque es aficionado a los toros (como miles de niños que llenan las plazas), apelando como de costumbre al bienestar animal del que nada saben y utilizando la artillería del prejuicio y la poca conciencia (si es que alguna vez hubo alguna).

Entonces me pregunto irremediablemente si la civilización y la cordura forman parte de esta sociedad tan lastrada e influenciada por lo políticamente correcto. ¿Dónde está ese rosario de organizaciones e instituciones que velan por los derechos del menor? Claro que estaríamos discutiendo algo muy distinto si fuera Paquirri quien se expone ante una becerra con su hija en brazos. ¡Qué delito! O quizás una persona que acuda a un ruedo no merece un tratamiento, igual me he perdido algo.

Pero en definitiva estamos ante una conducta reincidente, en el insulto gratuito, en el libertinaje que se ha instalado en las redes sociales. Esto no puede acabar así. Basta ya. Un ser humano no puede ser víctima de algunos indeseables por el mero hecho de vivir su pasión. No sigan dando lecciones de ética y moral porque nunca las han profesado, ni mucho menos. Mientras tanto, el mundo del toro seguirá lidiando la faena, todo sea porque Adrián un día cruce la puerta grande, la del bienestar y la salud.

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