Columnismo

Surco de letras

Cifuentes pudo ser

10.04.2018 @toniiasenjo 2 minutos

Su nombramiento como delegada del Gobierno en 2013 fue el principio del fin de su carrera política. Le ofrecieron un máster atípico, cómodo, y accedió con un afán innecesario de engordar su currículum porque ya se postulaba como candidata a las autonómicas. El Partido Popular es una potencia electoral en Madrid y el único escollo que le quedaba por sortear era articular un gobierno estable de la mano de Ciudadanos que, no sin algunas reticencias, accedió a la oferta para pasar de inmediato a la oposición. Había conseguido solidez en la legislatura, rebajas en las tasas universitarias, caída del desempleo, incluso no le tembló el pulso para destituir a los consejeros de Sanidad y Medio Ambiente por su presunta implicación en el caso Púnica. Pero no fue suficiente porque antes de alcanzar el respaldo de la Asamblea en 2015 ya había enterrado su permanencia.
Cifuentes estaba llamada a liderar un nuevo proyecto, una nueva dirección en el partido, con un leve viraje al centro que causaba simpatías en el electorado de Cs. No contaba con un apoyo interno férreo, pero sí con el beneplácito de la opinión pública que, en definitiva, elige los escaños. Para muchos era la única candidata posible que pugnaría con Feijóo para sustituir a Rajoy que, por cierto, esta vez no ha sabido manejar los tiempos. Tenía liderazgo, capacidad y un aval determinante, la gestión solvente en situación de minoría en la que, lejos de volverse frágil, se erigió como una alternativa para regenerar la vida política. Pero tristemente y, salvo un giro in extremis de los acontecimientos, se habrá convertido en un caso más en la larga lista de la influencia del poder.
Se lo propuso la universidad como reclamo y baluarte para ganar prestigio, pero el caramelo estaba envenenado y lo aceptó, aun sabiendo que su descubrimiento propiciaría su caída. Irremediablemente dimitirá más pronto que tarde porque de lo contrario el control del PP en la Comunidad de Madrid pende de un hilo. Y la URJC tendrá que pagar también su factura con el consecuente descrédito que perseguirá sus siglas mientras perdure la memoria. Pero Cristina Cifuentes ya habrá sepultado sus dos años al frente del gobierno autonómico y con ello la oportunidad de legitimar una nueva era en el PP apartado de los escándalos. Eso sí, que se abstengan de las proclamas quienes no son ejemplo de ética, especialmente en la Universidad de Málaga.

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