Columnismo

Surco de letras

¡Cómo no te voy a querer!

06.06.2017 @toniiasenjo 2 minutos

Cardiff y Madrid se citaron el pasado sábado con la historia, un encuentro que se antojaba idóneo para continuar escribiendo las páginas de la leyenda blanca. El terrorismo más atroz golpéo Londres de nuevo, pero ni el clima de espanto amedrentó la avalancha de heroicidad que cubrió a Gales durante dos horas memorables. El Millenium Stadium se convirtió en una caldera, una olla a presión que comenzó rugiendo al son de una afición italiana que había ganado la partida a los merengues en el calentamiento. Pero no contaba con que el punto definitivo pasaba por la puntería del bombardero de Madeira, porque el palmarés siempre es caprichoso cuando se construye a golpe de récord.

El destino estaba escrito a pesar de las estadísticas, nadie había conseguido dos Champions consecutivas con el formato actual. Tenía que ser, quién si no, el emperador de Europa. En color, en blanco y negro, como quieran, pero en las vitrinas del Santiago Bernabeu ya figuran doce reinados. La ambición desmedida, la devaluación de lo imposible o la frialdad ante lo singular son algunas de las razones que lo explican. O quizá la obsesión por demostrar y justificar insistentemente que, además de talonario, el pundonor y el sufrimiento son innegociables; que la bandera de la victoria tiene un dueño consolidado porque arrolla por costumbre.

Es difícil no querer cuando en los últimos cuatro años un club se ha adueñado de un continente en tres ocasiones. Cibeles esperó pacientemente dos semanas. Inmutable, como si la visita fuera nada más que cuestión de tiempo. Y allí se congregaron artífices y promotores, equipo y afición, para engalanar a la Diosa del Paseo de la Castellana, para agigantar el dominio del fútbol europeo y vibrar con el placer de lo inalcanzable.

Cómo no quererte, si contigo reté a la afonía con cada gol. Si incluso aprendí a ser precavido cuando te daban por enterrado porque sabía que era la única forma de resucitar a una bestia herida de muerte. Si me enseñaste a sufrir retrasando el empate hasta el último suspiro y convertiste los octavos de final en mi pesadilla más insoportable, si tus derrotas me llevaron a tu estadio para refugiarme del asedio indio. Y a ti, que me acompañaste en el cielo y en el infierno, que rechazaste el abrazo de la celebración por respeto, ¡cómo no te voy a querer!

Etiquetas,
Artículo anterior Artículo siguiente