ESPECIAL: 1-O en Cataluña

El cruasán de Puigdemont

26.09.2017 @toniiasenjo 2 minutos

Cataluña no pasa por un momento dulce a pesar de que su máximo responsable remanece de familia pastelera. Pero seamos honestos, la proximidad del precipicio era ya una evidencia si tenemos en cuenta la posición de desobediencia que ha adoptado el bloque independentista. La fecha del referéndum se avista a la vuelta de la esquina y la tensión se palpa en las calles entre quienes pretenden votar y quienes deben velar por el cumplimiento de la ley, salvo para Puigdemont, quien no ha tenido reparos en afirmar que él no desacata las sentencias del Tribunal Constitucional, sino que obedece a su parlamento. Claro, que la posverdad también forma parte del lenguaje populista, es el fundamento de su mentira.

Habla de autoritarismo porque las fuerzas del Estado han desembarcado en Cataluña para preservar el cumplimiento de la Constitución, pero olvida el asedio que sufrió la Guardia Civil durante 24 horas mientras acataba la orden de un juez y, cómo no, obvia que ha sido él y su ejecutivo quienes han sembrado el odio y la discordia en la sociedad catalana, creando una fisura profunda en la convivencia de los ciudadanos. Carles ofreció un cruasán (referéndum) envenenado hace año y medio cuyos costes no ha contemplado y ahora deberá asumir, esencialmente porque no cuenta con las garantías jurídicas, aunque haya intentado eludirlas con una ley que, en primer lugar, no especifica cuál es la participación mínima para que el resultado de la votación sea vinculante y, en caso de serlo, cuál es el escenario al que se enfrenta.

Toda la elaboración del hojaldre con la inestimable colaboración de Podemos. Porque han confundido la democracia con el voto directo y aún persisten en la idea falsa de “más votos, más democracia”. El voto es un elemento fundamental en democracia, pero precisamente debe usarse dentro de unas normas y una regulación que en este momento no lo contemplan. Poco más puede esperarse de quienes se resignan a condenar las reivindicaciones políticas en una manifestación contra el terrorismo, convertida en una exhibición miserable.

En definitiva, Puigdemont ha convocado una consulta por la vía de la imposición, sin los ingredientes obligatorios en un Estado democrático y con el amparo de los antisistema. Se trata de un bombón amargo envuelto en un papel de cruasán que cualquier otro país no hubiera permitido si las protestas fueran más allá de la barra del bar, si existiera un concepto consistente de nación. Ya me dirán cómo vaguear entre la plurinacionalidad coexistente en la nación de una clase política acomplejada, siempre guiada por la extrema prudencia.

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