Columnismo

Surco de letras

El enésimo tren

04.10.2016 @toniiasenjo 2 minutos

El liderazgo de Sánchez fue cuestionado desde sus primeras y endiabladas maniobras, allá por mayo de 2015, cuando entregó las alcaldías a Podemos tras haberse derrumbado en las elecciones municipales. Pero los ánimos se apaciguaron gracias a los pactos de gobierno que se establecieron en numerosos municipios y le permitieron ostentar el bastón de mando a pesar de no haber vencido en las urnas. Fue entonces cuando los acuerdos consiguieron maquillar lo que ya fue el primer fracaso del ex secretario general al frente del PSOE. No eran, no son (salvo para Feijóo) tiempos de mayorías aplastantes, lo cual supuso una bola de oxígeno para el líder socialista.

La sucesión de derrotas le acompañó en cada proceso electoral y la sombra de Susana Díaz nunca dejó de perseguirle. Hasta ahora han sido muchos los trenes que han pasado, los billetes que se han cancelado, los amagos de la presidenta andaluza para dar el salto a Madrid, pero nunca lo ha hecho. Además, ha encabezado el sector crítico contra Pedro Sánchez y hasta el lamentable espectáculo que se dio en el último Comité Federal, impropio de un partido con 137 años de historia, no se enfrentó abiertamente.

¿Por qué no se decide? Para liderar un partido hay que tener convicción, asumir el cargo con todas las consecuencias. Pero Susana se siente cómoda gobernando Andalucía, donde cuenta con un respaldo considerable de la ciudadanía, y dirigiendo las operaciones desde la sombra en Madrid. Tira la piedra y esconde la mano. Alborota a las masas, pero no da el golpe definitivo. Ferraz seduce, pero acudir a sofocar el incendio conlleva un alto riesgo de quemaduras, máxime con el partido dividido y las encuestas augurando un mazazo. Díaz no da puntada sin hilo, aunque lo de coser para otro momento. Quién sabe. Igual se atreve a bordar.

Necesita sentirse querida, por ello espera la llamada del PSOE. Pero es necesario algo más que una llamada y una respuesta afirmativa. Una dirigente que sea capaz de mantener sus principios, definir un nuevo proyecto para la socialdemocracia española e implantar la identidad que se ha perdido con Sánchez. Y si es preciso, morir en el intento, pero sin matar. No es imprescindible continuar con el suicidio que inició Pedro. Es ahora, con la rosa marchita y el puño muy debilitado, cuando el PSOE necesita un liderazgo tenaz, que no urja del apoyo de independentistas y comunistas solidarizados en la calle Ferraz. Puede ser el último tren, quién sabe.

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