Columnismo

Surco de letras

El imperio animalista

19.07.2016 @toniiasenjo 2 minutos

El antitaurinismo no es un fenómeno nuevo, ni mucho menos; es tan viejo como sus argumentos. El debate ha cambiado a lo largo del tiempo. El de antaño, el de los intelectuales, se cimentaba en argumentos moderados. Ahora se ha perdido la consideración y el respeto hacia quienes deciden libremente acudir a una plaza. Murió Víctor Barrio, la primera víctima en lo que va de siglo, y algunos abandonaron el sentido común para arrinconarse en la fobia, el rencor, la rabia y el desprecio. Simplemente parecían mentes impropias de una civilización como la nuestra, instaladas en la barbaridad y la locura.Las redes sociales se han convertido en un vertedero de odio, en el escudo de los cobardes, como ya explicó extraordinariamente Juan Romera en un artículo formidable. Y son ese portal de esquizofrenia, entre otras razones, porque las instituciones no han tenido capacidad suficiente para regular una legislación que frenara la impostura, el desprestigio y el cauce de inquinia –procedente del fanatismo animalista- que viene sufriendo el mundo del toro. En algunos casos, no es más que el reflejo de una sociedad, aunque minoritaria pero con eco mediático, sectaria y carente de los valores que imperan, o deberían, en una sociedad democrática.Claro, que algunos, los animalistas intransigentes, han confundido esa falta de conciencia social con una libertad de expresión sin límites, en parte porque hasta el momento han obrado con total impunidad. Pero me llama la atención esa corriente emergente y ridícula que trata de equiparar la condición humana con los animales, en un afán desmesurado por subordinar al hombre en una especie de imperio animalista, donde reina el rosario sensacionalista y el desconcierto de la humanidad. Sean serios, no transformen su defensa o la de su colectivo en un espectáculo de dudoso alcance lógico.Sería el momento de explicarles por enésima vez que el argumento más potente para defender al toro, uno de los tantos secretos que me ha enseñado un buen compañero, es el ecológico. No existiría sin la Fiesta Nacional. Tampoco sin el amor de un ganadero. Defendamos la memoria y la honra de Víctor en los tribunales, pues nunca debió ser juzgado por dedicarse a su pasión, por la que murió. Basta de diplomacias, que lo políticamente correcto, mancillar constantemente a los taurinos, no quede exento de condena y acabe como un retrato de quienes utilizan la red como un estercolero de infamia.

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