Columnismo

Surco de letras

En busca y captura

26.04.2016 @toniiasenjo 2 minutos

Vivimos tiempos convulsos, en los que ciertos sectores tienen a bien borrar todo lo que huele a España. Hablo de Cataluña, con un proceso independentista cuyo destino es el vacío; de Barcelona y su alcaldesa, que prohíbe la instalación de grandes pantallas para seguir los partidos de la selección española durante la Eurocopa; de las Islas Baleares, a un tropiezo de imposibilitar las corridas de toros; de Otegi, que tiene la autoridad moral suficiente para otorgarse el mérito de la paz. ¿Quién lo diría, verdad? Pues sí, esto sucede en un sistema democrático.

La cultura ha quedado para actores y directores de cine, quienes se quejan del IVA cultural, pero no tienen el menor reparo en contribuir al blanqueo de capitales y la evasión fiscal. Que se lo cuenten a Almodóvar. Considerarse patriota ha quedado anticuado, ahora se llevan los nacionalismos, populismos y todo tipo de prácticas en las que el respeto a la identidad del Estado brilla por su ausencia. ¡Qué digo yo, apesta! Somos capaces de vetar los toros, restringir las libertades que después reivindicamos en las manifestaciones y pasamos por alto la aportación económica a las arcas públicas, su impacto en la actividad productiva (3500 millones de euros en 2015), el atractivo que supone para el turismo o el carácter histórico que le confiere a España. Qué más da que el mundo taurino aporte el 12% del PIB o que sea considerado Patrimonio Cultural, lo tendencioso es eliminar los festejos a costa de la pasividad de las instituciones.

Somos ese país en el que la segunda ciudad más importante, Barcelona, prohíbe instalar pantallas en la calle para ver los partidos de la selección por capricho de su regidora. Para preservar el orden público y evitar aglomeraciones, las mismas razones que olvidó durante su pleno de investidura o cuando reventaba actos de los partidos políticos en su ejercicio como activista. Una conducta con lenguaje sectario cuyo objetivo radica en la confrontación con el “Estado español”, como diría Arnaldo Otegi.

Hasta escuchamos sin objeción alguna cómo un terrorista tiene la osadía de colgarse la medalla de la paz tras haber pertenecido a ETA, la banda terrorista que asesinó a 800 personas porque la imposibilidad de conseguir la independencia del País Vasco por vías democráticas se subsanaba con actos violentos. Incluso, con arrogancia, trata de hacernos creer, como si fuéramos idiotas, que tenemos que pedir perdón por perseguir a quienes un día decidieron cercenar los derechos y libertades de España. Vivimos en un país cuya cultura, identidad y conciencia están en busca y captura.

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