Columnismo

Surco de letras

En nombre de Cataluña

20.09.2016 @toniiasenjo 2 minutos

La democracia, el término interesadamente utilizado por la representación independentista catalana, sí corre peligro cuando se viola la sentencia del Tribunal Constitucional que prohibió la celebración de la consulta soberanista programada para el 9-N y el gobierno regional desautorizó, permitiendo una votación sin ningún efecto jurídico, con el único fin de desafiar al poder judicial, acaparar las portadas de los medios de comunicación y mantener el pulso al Estado. También corre riesgo cuando en las pasadas elecciones autonómicas, convertidas en un plebiscito por deseo expreso de los nacionalistas, el 52% de los votantes optó por rechazar a los partidos secesionistas y los representantes públicos se atreven a emplear su nombre para la causa, aunque en el Parlamento cuenten con mayoría absoluta.

Lo digo porque la manipulación del resultado electoral ha servido para escudar los circos que continuamente estamos viendo en las puertas de los juzgados y en el Congreso de los Diputados. Por ello, viene bien recordar que Cataluña ha celebrado tres elecciones en seis años y en ninguna de ellas, en caso de que fueran un referéndum, el número de votos separatistas ha superado el de permanecer en España, lo cual refleja la debilidad sobre la que se sostiene el cuento independentista. La falacia y la mentira se han apoderado del gobierno rupturista, entre otros objetivos, para que la desastrosa gestión de la comunidad autónoma en asuntos tan trascendentales como la sanidad y la educación caiga en el olvido. Que alguien me explique cómo es posible que una región que cifra su deuda en 75.000 millones de euros prosiga con la apertura de embajadas, organismos para institucionalizar la secesión y derrochar el presupuesto público en publicidad inútil. ¿Y qué me dicen de la negativa del Govern a que se impartan las clases en castellano? ¿Representa la pluralidad y la tolerancia en nombre de Cataluña?

Sabemos que los políticos son expertos en tomar la palabra en representación de no sé qué pueblo para acreditar cualquier decisión comprometida e irracional, como lo es retar al máximo órgano judicial, pero en esta ocasión está en juego la soberanía nacional. Quizás sea hora de replantearse si conviene mantener esta guerra absurda en la que Homs, Puigdemont y compañía caminan moribundos desde el primer asalto, muy a pesar de que se empeñen en montar el numerito victimista cada vez que se postran ante las leyes que, a diferencia de ellos, sí predican el sentido común en nombre de Cataluña.

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